Martes, 8 de septiembre de 2026
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Aftas en la boca: cuando una molestia cotidiana puede estar pidiendo a gritos una consulta médica

Úlceras pequeñas, recurrentes o que tardan en sanar pueden ser la punta visible de un problema mayor. Repaso de las causas más frecuentes, los nutrientes que suelen faltarles y las señales de alerta que justifican una visita al especialista.

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Norma CharoleComunidades y derechos · 8 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

En cualquier rincón del país, doña Elsa, en el paraje Tres Horquetas, cerca de San Martín de los Andes, suele tomar el mate con una pastilla de ibupran plus al lado, porque lleva años lidiando con llagas en la boca que aparecen sin aviso, le impiden comer y se van tan despacio como vinieron. Como ella, una proporción enorme de la población transita aftas en algún momento de su vida, las asume como parte de la rutina y nunca termina de preguntarse por qué reaparecen o por qué, en ciertos casos, insisten con tamaños y dolores que no se condicen con una simple lastimadura. Esa mezcla de naturalización y desconocimiento es, en buena medida, lo que vuelve a este tema un asunto de salud que merece ser explicado con cuidado.

Las aftas, también llamadas úlceras bucales, son lesiones que aparecen en la cara interna de las mejillas, debajo o sobre la lengua, en las encías, el paladar blando o el interior de los labios. Suelen mostrar un centro blanquecino, gris o amarillento rodeado por un borde enrojecido y, en muchos casos, llegan precedidas por ardor u hormigueo en la zona donde finalmente brotarán. Un rasgo clave para diferenciarlas del herpes labial es que las aftas no se forman en la superficie externa de los labios y, además, no se contagian, lo que evita confusiones frecuentes en la consulta.

Tamaños, formas y plazos de curación

La gran mayoría se resuelve sola en una o dos semanas, sin ningún tratamiento, y las más habituales son las llamadas menores: pequeñas, redondeadas, casi siempre de menos de un centímetro, y que curan sin dejar marcas en la mucosa. Existe una variante mayor, menos frecuente pero más profunda y dolorosa, cuya cicatrización puede estirarse hasta seis semanas y a veces deja una pequeña cicatriz. También hay una forma herpetiforme, compuesta por ulceraciones diminutas que tienden a agruparse en racimos y que, pese a su nombre, nada tienen que ver con el virus del herpes.

Conocer esa variedad de presentaciones no es un dato erudito: es lo que permite entender por qué un cuadro que para algunas personas dura tres días, para otras se vuelve un calvario de un mes y medio.

Qué las provoca y por qué algunas personas las sufren más

Disparadores cotidianos

Entre los desencadenantes más documentados aparecen los traumatismos locales, esos pequeños accidentes que muchas veces pasan inadvertidos: morderse la mejilla al masticar, un cepillado demasiado enérgico, el roce constante con un aparato de ortodoncia o con una prótesis mal ajustada y las quemaduras provocadas por alimentos o bebidas muy calientes. También se asocian con su aparición el estrés, el cansancio y los cambios hormonales vinculados a la menstruación o el embarazo, lo que explica por qué en ciertas etapas de la vida los brotes se repiten con mayor insistencia.

Lo que dice la evidencia nutricional

La alimentación y el estado nutricional tienen un papel relevante que suele subestimarse. Las carencias de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D figuran entre los factores más vinculados a las aftas recurrentes. Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health encontró que las personas con aftas recurrentes registraban con mayor frecuencia déficit de vitamina B12, bajas reservas de hierro medidas por ferritina y niveles reducidos de hemoglobina, aunque los autores aclararon que esa asociación no implica una relación de causa directa y que en algunos indicadores la evidencia disponible sigue siendo limitada.

Cuándo conviene mirar más lejos

Cuando las lesiones son múltiples, reaparecen con frecuencia o aparecen acompañadas por síntomas en otras partes del cuerpo, la explicación puede estar en una condición subyacente. Entre las enfermedades asociadas se encuentran la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, infecciones virales, bacterianas o fúngicas y estados de inmunidad debilitada, incluido el VIH/sida. Esto no significa que cada afta sea un indicio de estas patologías, sino que en un subgrupo de pacientes la úlcera recurrente funciona como una señal visible de un cuadro que merece abordaje integral.

Señales de alerta para no postergar la consulta

Hay señales que indican que la visita al profesional de la salud no puede esperar más tiempo, y conviene tenerlas presentes porque muchas veces la diferencia entre una molestia pasajera y un problema en desarrollo está en detectarlas a tiempo.

  • Una llaga que persiste más de dos o tres semanas sin mostrar signos de mejoría.
  • Lesiones que reaparecen con frecuencia o aparecen en mayor cantidad que en episodios previos.
  • Dolor intenso que impide comer, beber o hablar con normalidad.
  • Tamaño inusualmente grande o profundidad marcada respecto de aftas anteriores.
  • Aparición acompañada por fiebre, pérdida de peso, cansancio extremo o lesiones en otras mucosas, como genitales u ojos.

Doña Elsa, como tantas otras vecinas y vecinos de comunidades de todo el país, aprendió a convivir con sus aftas hasta que entendió que algunas cosas conviene conversarlas en la consulta y no asumirlas como inevitables, porque la comunidad pidió, en reiteradas charlas en los centros de salud del paraje Tres Horquetas, que el equipo médico del hospital zonal de San Martín de los Andes y los profesionales de los centros de atención primaria locales tomen en serio cada episodio recurrente y no lo desestimen como algo menor.

Norma Charole, Comunidades y derechos.

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Norma CharoleComunidades y derechos

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