Cuando el "no" es cuidado: por qué los límites siguen siendo una herramienta central en la crianza de los hijos
Especialistas en crianza insisten en que poner normas claras, con presencia afectiva y sin violencia, no es autoritarismo: es una forma de cuidar. Coinciden en que la tolerancia a la frustración se construye de chico y que el diálogo, cuando reemplaza por completo la autoridad adulta, puede terminar confundiendo a los niños.

A Gladis le cuesta dormir los domingos a la noche. Su nene de seis años, en el barrio La Boca, le pregunta por qué no puede quedarse un rato más con la tablet, y ella se encuentra repitiendo la misma frase desde hace meses: "porque mañana hay escuela". No es una discusión filosófica ni un capricho de madre agotada. Es, dice Gladis mientras acomoda la mochila del chico, "la forma que tengo de cuidarlo, aunque él todavía no lo entienda".
Dialogar no es ceder siempre
La escena de Gladis se repite en miles de hogares argentinos, y es el punto de partida de una discusión que crece entre quienes acompañan profesionalmente a las familias. Cada vez más adultos apuestan por reemplazar las órdenes y los castigos con conversación. El problema surge, advierten las especialistas, cuando ese diálogo se vuelve una negociación permanente y el adulto deja de sostener su posición por miedo al berrinche.
Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", hay cosas que se negocian en familia y cosas que no. "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso", señala.
Autoridad no es autoritarismo
La especialista distingue con precisión esos dos términos que suelen aparecer mezclados. El autoritarismo, explica, es un abuso de poder. Respetar a niños y adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas.
En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que siguen vigentes como mapa de referencia:
- Autoritario: reglas rígidas, obediencia esperada y poca escucha.
- Permisivo: mucho afecto, pero límites difusos o ausentes.
- Democrático o autoritativo: normas claras sostenidas con diálogo y contención afectiva.
La psicóloga Deborah Bellota coincide en el diagnóstico. Sostiene que los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites "por miedo a que el hijo se enoje con ellos". Esa dinámica puede favorecer la autoestima, aunque también genera, advirtió, dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a figuras de autoridad.
La frustración como aprendizaje cotidiano
Raschkovan entiende los límites como una forma de cuidado. "Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración", afirma.
Esa capacidad, coinciden las especialistas, no aparece de manera espontánea: se aprende. Si un niño no experimenta el "no" en un entorno seguro, es posible que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles fuera de casa, en la escuela, en la calle o en cualquier otro ámbito donde los límites no van a negociarse.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo


Tuberculosis en alza: los casos crecieron un 38% en Argentina y alertan sobre prevención

Deficiencia de vitamina D: consejos prácticos para mantener niveles saludables
