La cena que Wilde se animó a cambiar: una remake de Sentimental que se banca sus propias decisiones
La versión que dirige Olivia Wilde sobre la comedia de Cesc Gay conserva el conflicto central de una noche que se descontrola, pero les da más historia a los personajes y se despide con un cierre más callado y más humano que el original.

Aquel departamento olía a comida recién servida y a perfume ajeno, de ese que uno no sabe ubicar en qué estante quedó. Y en esa sensación arrancó la última función a la que me escapé una noche de semana, porque la propuesta era directa: ver cómo la directora estadounidense Olivia Wilde se animaba a ponerles sus propios cambios a Sentimental, la película de Cesc Gay que en su momento funcionó como una comedia incómoda sobre una cena de vecinos que termina destrozando a una pareja. La pregunta, claro, era si esos cambios suman o si terminan traicionando el material original.
Lo primero que queda claro es que La invitación parte del mismo motor dramático que la versión española: una pareja acepta una cena con gente que casi no conoce, la noche se va cerrando como una trampa amable y, en ese departamento que se vuelve chico, aparecen las tensiones que llevaban meses debajo de la alfombra. La estructura repite los hitos más recordados, desde el músico frustrado que se entera tarde de los planes hasta la vecina que se muestra desnuda en la ventana, pasando por la sesión de terapia con la psicóloga que funciona como espejo de todo lo que esa pareja no se anima a decirse en la mesa.
Una puesta en escena que se mueve más
Donde aparece la primera decisión fuerte de Wilde es en la forma. La película original respiraba un tono muy teatral, con los actores contenidos y la cámara más respetuosa de los tiempos del living. Acá, en cambio, la puesta en escena se mueve con otra libertad, los intérpretes tienen espacio para desplazarse dentro del encuadre y los pasillos del departamento dejan de ser simples conexiones entre habitaciones para transformarse en territorio donde se juegan las discusiones. Esa dinámica visual se nota especialmente cuando el convite empieza a desbordar y la risa incómoda del espectador empieza a parecerse más a la de una comedia coral que a la de una pieza de cámara.
Personajes con más historia, no solo más diálogo
El cambio más de fondo está en la construcción de personajes. El rol que interpreta la propia Wilde gana espesor con referencias a una carrera artística que dejó en el camino y con gestos cotidianos, casi mínimos, que van revelando un carácter mucho más complejo que el del original. Algo parecido pasa con el personaje que encarna Edward Norton, al que se le suma un pasado que ayuda a entender por qué se muestra tan despreocupado en una noche que, se intuye, no es para nada casual. Son capas nuevas que no estaban en la película de Gay y que funcionan porque no se imponen: aparecen de a poco, mezcladas con las copas y las conversaciones cruzadas.
“En el original el cierre terminaba en un sexo que parecía reconciliar todo; acá, después de todo lo que pasó, lo que se ve es a Rogen volviendo al piano que había dejado y a Wilde tocando junto a él, como si la música pudiera arreglar lo que las palabras ya no alcanzan.”Milagros Paredes, Cultura y espectáculos
El poliamor como espejo del matrimonio
De todos los cambios, el más significativo aparece cuando se revela que la pareja formada por Norton y Penélope Cruz sostiene una relación poliamorosa. En Sentimental esa revelación funcionaba casi como un chispazo que provocaba rechazo; en La invitación, en cambio, el personaje que interpreta Seth Rogen reacciona con curiosidad mezclada con incomodidad, y es esa mezcla la que vuelve más visible la fractura que ya existía en su propio matrimonio. La escena es corta pero define el tono del último tramo, porque corre de la comedia al drama sin necesidad de gritarlo, simplemente dejando que la incomodidad se instale en los cuerpos de los actores y en los silencios entre ellos.
Un final abierto que se banca la ambigüedad
Justo ahí aparece la pregunta que sobrevuela toda la película. ¿Esa ambigüedad en el cierre le suma o le quita fuerza a la historia? Lo concreto es que el final renuncia al sexo reconciliador del original y apuesta, en cambio, por una imagen más discreta y por eso mismo más elocuente: Rogen retoma el piano que había dejado atrás, Wilde se sienta a su lado y empieza a tocar junto a él. Esa última escena se siente más cargada emocionalmente y, al mismo tiempo, se niega a cerrar del todo lo que está pasando entre los dos, dejando al espectador con la sensación de que la relación se sostuvo, aunque todavía no se sabe para qué.
Salí del cine con la sensación de que La invitación no viene a reemplazar a Sentimental, sino a correrla de eje. Wilde toma los mismos conflictos, les da más historia a los personajes, deja que la comedia se vaya corriendo hacia un costado para hacer lugar a un drama más reflexivo y se permite, sobre todo, un final más callado. El resultado es una película que se banca sus propios cambios, que no les pide permiso al espectador y que, por eso mismo, deja pensando bastante más de lo que uno esperaba cuando aceptó la invitación a esa cena.
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