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Jueves, 22 de octubre de 2026
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Voces del Impenetrable

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Rampas antes que exoesqueletos: la discusión que incomoda a la industria de la tecnología asistiva

Un periodista con discapacidad y una filósofa de la educación cuestionan el orden de prioridades: mientras los dispositivos de alta gama concentran atención y financiamiento, las soluciones más básicas —una rampa, una puerta accesible, un sitio web legible— siguen sin estar garantizadas. El debate no es técnico, es político: define quién decide qué problemas merecen ser resueltos.

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Silvana DuarteSalud y sociedad · · 4 min de lectura
Rampas antes que exoesqueletos: la discusión que incomoda a la industria de la tecnología asistiva

La sala de espera del consultorio estaba vacía a esa hora de la tarde, y el silencio permitía escuchar el zumbido del fluorescente que llevaba semanas fallando. En la puerta, una mujer en silla de ruedas esperaba a su hijo. Cuando intentó entrar, la puerta automática se trabó a mitad de camino, como tantas otras veces, y tuvo que pedirle a un transeúnte que la empujara desde afuera. La escena, cotidiana para ella, no merece un titular. Un exoesqueleto de última generación, en cambio, habría ocupado la portada de cualquier suplemento de tecnología.

Esa tensión es la que pone sobre la mesa el periodista Robert Kingett, quien en un análisis reciente señala que los dispositivos más costosos y vistosos tienden a eclipsar soluciones menos glamorosas pero más urgentes: una rampa, una entrada accesible, una página web que funcione con tecnología de asistencia de pantalla (es decir, los programas que leen en voz alta o amplifican el texto para personas con discapacidad visual). Su argumento es concreto y por eso resulta tan incómodo: él no necesita una silla robótica para escalar una montaña; necesita poder ir a la biblioteca del barrio sin depender de que alguien lo ayude a cruzar la puerta.

Cuando el problema se redefine como cuestión de poder

La filósofa de la educación Liz Jackson acuñó el término "disability dongle" —algo así como "parche para la discapacidad"— para describir soluciones ingeniosas que responden a necesidades mal definidas, diseñadas sin participación real de quienes las van a usar. En esos casos, la persona con discapacidad aparece en la foto de la presentación del producto, pero no tuvo incidencia sobre qué se decidió construir ni puede cuestionar la premisa de partida. La diferencia entre diseñar para alguien y diseñar con alguien no es un detalle de proceso: define quién tiene autoridad para nombrar el problema.

“Una tecnología que se convierte en sustituto de transformaciones del entorno físico o digital termina siendo, en los hechos, una razón para no remover las barreras.”Lectura del planteo de Liz Jackson

Lo que sigue sin resolverse en lo cotidiano

  • Rampas de acceso en edificios públicos y comercios que nunca se terminaron o se construyeron con pendientes imposibles para una silla de ruedas.
  • Puertas automáticas que funcionan de manera intermitente y obligan a pedir ayuda a desconocidos para entrar o salir.
  • Sitios web oficiales incompatibles con lectores de pantalla, lo que impide a personas ciegas o con baja visión hacer trámites, sacar turnos o consultar información.
  • Falta de señalización en Braille en ascensores, escaleras y sanitarios de uso frecuente.
  • Veredas deterioradas, obstáculos fijos y ausencia de rebajes en las esquinas, que convierten cada cuadra en una prueba de obstáculos.

El contraste importa porque traslada el eje del problema. Ya no se trata únicamente de lo que una persona puede o no puede hacer con su cuerpo, sino de las condiciones que el entorno impone para permitirle participar en actividades ordinarias como hacer compras, informarse o entrar a un edificio. El espectáculo de la superación individual convierte en épica lo que debería ser simplemente posible, y al hacerlo desplaza la responsabilidad desde el Estado, los arquitectos y los desarrolladores hacia la propia persona, que pasa a ser vista como protagonista de una hazaña cuando en realidad solo está intentando vivir su día.

La discusión no propone descartar la innovación —los exoesqueletos y dispositivos de alta gama tienen indicaciones médicas precisas y mejoran vidas—, sino reorientar qué se considera digno de ser resuelto. No solo lo extraordinario, también lo cotidiano que todavía requiere una hazaña para lograrse. Y en ese terreno, las cifras se mezclan con algo más difícil de medir: la cantidad de veces que una persona con discapacidad tiene que pedir perdón por existir en un espacio que no la pensó.

Para quienes quieran profundizar, el análisis original de Robert Kingett está disponible en su columna sobre accesibilidad y diseño, y los trabajos de Liz Jackson sobre "disability dongle" circulan en publicaciones de filosofía de la educación. En la Argentina, la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) atiende consultas sobre accesibilidad y derechos en su sede central de Av. Presidente Roque Sáenz Peña 1385, en la Ciudad de Buenos Aires, de lunes a viernes de 9 a 16, y también a través de la línea 0800-555-3472. La Ley 24.314 de Accesibilidad de Personas con Movilidad Reducida, vigente desde 1994, sigue siendo el marco legal de referencia, aunque —como señala Kingett para el caso estadounidense— la distancia entre la norma y la rampa construida sigue siendo, en muchos casos, la misma de hace tres décadas.

SD
Silvana DuarteSalud y sociedad

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