Una vuelta al mundo a fuerza de amistad: tres meses, cuatro continentes y una silla de ruedas como única regla
Fletcher Crowley y Lachie Bennett dejaron de lado los mapas convencionales, compraron una oferta de viaje con múltiples escalas y se animaron a lo que ningún itinerario en papel les aseguraba: subir 268 escalones cargando al amigo en la espalda, dormir en una capilla medieval y bucear con tiburones en aguas sudafricanas.

La sala de espera del centro de rehabilitación donde trabaja Lachie Bennett bien podría confundirse con cualquier otra: sillas alineadas contra la pared, una televisión encendida a volumen bajo y ese rumor permanente de respiradores y mecánicos que marcan el paso de los pacientes. Pero una noche de turno, en una de esas pausas eternas que solo conocen quienes trabajan de madrugada, dos hombres empezaron a hablar de música, de ropa, de ansiedad y de todo lo que habían aprendido a sobrellevar después de los accidentes que les cambiaron la vida.
Uno es Fletcher Crowley, que a los 17 años se fracturó dos vértebras practicando ciclismo de montaña y quedó parapléjico (sin movimiento y sin sensibilidad desde la cintura hacia abajo, aunque conserva algo de fuerza y puede ponerse de pie con enorme esfuerzo durante unos pocos pasos). El otro es Lachie, terapeuta del mismo centro y amigo de la secundaria, reencontrado por casualidad en ese lugar donde se atiende gente con lesiones medulares (daño en la médula espinal que interrumpe la comunicación entre el cerebro y el cuerpo). Aquel cruce les permitió comprobar que la experiencia compartida los unía más que los años compartidos en el aula.
Un proyecto que empezó como una escapada y terminó siendo vuelta al mundo
La aventura grande nació casi por descuido. Iban a comprar una escapada de dos semanas cuando apareció una oferta de viaje con múltiples escalas, ese tipo de paquete que parece lanzado para tentarte a último momento. Lo compraron sin discutir demasiado y, cuando quisieron acordar el itinerario definitivo, ya incluía paradas en Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica. Tres meses. Cuatro continentes. Y un objetivo que nunca apareció escrito en ningún folleto: demostrar que el mapa puede rehacerse cuando hay un amigo dispuesto a cargar al otro en la espalda.
- Hong Kong: Lachie subió a Fletcher a upa los 268 escalones que llevan al Gran Buda. Llegar arriba fue, según sus propias palabras, un momento surrealista.
- Suiza: una familia que los seguía en redes sociales los invitó a su casa y los recibió como si los conociera de toda la vida.
- Francia: durmieron en una capilla del siglo X cerca de Niza, invitados por un conocido que tiene una granja de ovejas.
- Brasil: recorrieron la selva en cuatriciclo, entre senderos de barro verde y un calor húmedo que les pegó en la cara.
- Sudáfrica: safari en la sabana, buceo con tiburones y un vuelo en parapente que les permitió ver el paisaje desde arriba.
Claro que nada salió tan prolijo como en una postal. Algunos sitios directamente no estaban preparados para una silla de ruedas y hubo que improvisar: cambiar de ruta, pedir ayuda o aceptar que ciertas cosas iban a tardar más. Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione, reconocieron después. Esa frase, repetida varias veces en distintos reportajes, terminó volviéndose el lema no oficial de la pareja de amigos.
“El mundo no es accesible, nosotros lo somos.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett
Lo que empezó con ahorros personales fue mutando a medida que los videos del viaje se viralizaron. La respuesta fue tan grande que montaron una campaña de micromecenazgo (financiación colectiva a través de plataformas digitales donde muchas personas aportan pequeñas sumas) y, con ese respaldo, pudieron dejar de calcular cada gasto hasta el centavo. El alojamiento, gran parte del tiempo, se resolvió gracias a contactos que fueron apareciendo en el camino, una red tejida al voleo y sostenida por la buena predisposición de desconocidos que se convertían en anfitriones.
A mí, que llevo años cubriendo historias de salud y de cuerpos que se adaptan, esta me interpela de cerca. Hay algo profundamente humano en ver a dos amigos resolver, paso a paso, lo que el mundo todavía no resuelve: cómo entrar a un templo histórico con una silla de ruedas, cómo subir a una avioneta low cost, cómo dormir en una casa que no es la propia en un país donde no hablás el idioma. La discapacidad suele presentarse en los medios como un drama o, en el mejor de los casos, como una historia de superación individual. Fletcher y Lachie la cuentan, en cambio, como lo que es en su vida cotidiana: un trabajo en equipo.
Para quienes quieran tomar nota operativa, vale la pena repasar algunos consejos que ellos mismos repitieron en distintas entrevistas y que sirven tanto para un viaje largo como para una escapada de fin de semana: avisar con anticipación a hoteles y aerolíneas sobre las necesidades de accesibilidad, llevar siempre un plan B y un plan C para los traslados, y aceptar que pedir ayuda no es un gesto de debilidad sino parte del itinerario. Si te interesa profundizar, la cuenta de la pareja en redes sociales funciona como una bitácora abierta, con videos y contactos para quienes quieran asesoramiento sobre accesibilidad en distintos destinos.
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