Viernes, 4 de septiembre de 2026
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Joshua Slocum, el hombre que le dio la vuelta al mundo solo y se perdió en el mar sin dejar huella

En 1898 se convirtió en el primer navegante solitario en circunnavegar el globo, a bordo de un balandro de once metros que él mismo reconstruyó tabla por tabla. Once años después zarpó de nuevo hacia el sur y nunca más volvió. Su historia, contada por él mismo con un reloj sin cristal y un oficio heredado del mar, sigue siendo una de las páginas más extraordinarias de la navegación.

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Norma CharoleComunidades y derechos · 4 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

El 24 de abril de 1895, en el puerto de Boston, un balandro de once metros llamado Spray soltó amarras con un solo hombre a bordo. No hubo fanfarria, ni expedición oficial, ni padrinos de la ciencia que respalden la aventura. Aquel hombre era Joshua Slocum, un capitán sin trabajo en un mundo que ya había apostado por el vapor, y estaba a punto de convertirse en el primer navegante solitario de la historia en darle la vuelta completa al mundo. Yo, que vengo siguiendo estas historias de comunidades y derechos, quiero compartir con ustedes la de este hombre que navegó solo, sin cronómetro digno de ese nombre y sin saber nadar, y que terminó perdiéndose en el mar sin que nadie pudiera dar testimonio de su final.

El Spray era un viejo balandro pesquero que Slocum había recibido podrido, abandonado en un pastizal de Massachusetts. Lo reconstruyó tabla por tabla durante trece meses, con la única moneda de la que disponía: el oficio que había acumulado durante décadas de navegación mercante. Se había enrolado por primera vez a los dieciséis años, como cocinero y grumete, para escapar de la granja familiar en Nova Scotia, y de ese modo había ido aprendiendo a leer el mar con el cuerpo, mucho antes de que pudiera escribir sobre él. Aquel barco reconstruido con sus propias manos terminó siendo el escenario de una proeza que ningún navegante había consumado antes: dar la vuelta al mundo completamente solo.

Tres años, 46.000 millas y un reloj sin cristal

La travesía duró tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas. Slocum cruzó el Atlántico, bordeó el cabo de Hornos por el Estrecho de Magallanes, atravesó el Pacífico y el Índico, y regresó a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Lo notable no fue solamente la distancia, sino la forma en que se las ingenió para completarla. Navegó sin cronómetro marino digno de ese nombre: usaba un reloj barato de hojalata al que incluso le faltaba el cristal. Lo compensaba con estimaciones de posición, observaciones lunares y esa memoria corporal del mar que había construido navegación tras navegación desde adolescente. Y, por si fuera poco, Slocum no sabía nadar. Decía, con esa ironía seca que lo caracterizaba, que en medio del océano nadar solo servía para alargar la agonía.

  • En el Estrecho de Magallanes, para disuadir a los fueguinos que intentaban abordar el barco de noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron.
  • Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón. Cuando se recuperó de la fiebre, el Spray seguía navegando con rumbo firme.
  • Publicó Sailing Alone Around the World en 1900. La obra, nacida como serie de artículos en revistas, se transformó en libro y alcanzó un éxito inmediato gracias a un estilo directo, irónico y despojado de toda afectación heroica.

Lo que hacía singular a Slocum no era únicamente la valentía, sino la precisión artesanal con la que resolvía cada problema en alta mar. Combinaba el cálculo náutico con un humor inesperado y un asombro sin grandilocuencia, y ese tono fue lo que conquistó a sus lectores. En sus páginas no hay épica de manual, sino el relato de un hombre que sabe que el océano no negocia, y que aun así elige hacerse a la mar con lo justo.

La última salida, sin testigos

La fama no lo ancló en puerto. En noviembre de 1909, a los 65 años, Joshua Slocum zarpó una vez más, esta vez rumbo al sur, a bordo de su viejo Spray. Nunca regresó. El mar no lo devolvió, y hasta el día de hoy no se sabe con certeza cómo terminó su vida. Lo que sí sabemos es que su desaparición, ocurrida once años después de aquella vuelta al mundo que cambió la historia de la navegación, sigue envuelta en el mismo misterio que cubrió sus noches de fiebre en el Atlántico: la de un hombre que navegaba con lo mínimo indispensable y confiaba, sobre todo, en su propio oficio.

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Norma CharoleComunidades y derechos

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