Aaron Sorkin se vuelve a quedar solo frente al volante, y esta vez sin red
La secuela de La red social confirma lo que su carrera como director venía insinuando: cuando nadie lo frena, el guionista se entusiasma de más y la película se resiente.

Lo primero que me pasó al sentarme en la sala fue el olor a pochoclo recalentado y el murmullo bajo de la gente acomodándose en las butacas, ese runrún que en cualquier cine argentino te dice que la función va a empezar de un momento a otro. Lo segundo fue la sensación, apenas arrancada la película, de estar escuchando una y otra vez la misma voz: la de Aaron Sorkin, que escribió el guión de La red social hace ya casi quince años y ahora vuelve a escribir y, esta vez también, a dirigir la secuela. Como si el chamamé de Ramón Ayala que me cantaba mi viejo de chico sirviera para explicar lo que sentí: "Kilómetro once, dónde me dejaste, en una curva del camino me perdiste". Algo así le pasa a Sorkin con sus propios textos: en la recta los admirás, pero en la curva se le va el control.
El precio de la red llega con la pesada mochila de ser la heredera directa de una película que cambió la forma de contar el nacimiento de Facebook y, de paso, la forma de pensar el cine sobre Silicon Valley. Sorkin vuelve a juntar a Mark Zuckerberg y a su universo, pero esta vez lo hace sin la mano firme de David Fincher, que en 2010 supo traducir un guión brillante a una película igualmente brillante. El resultado es un filme que reconoce sus propias deudas: hay destellos de The Newsroom, aquella serie que era puro Sorkin en estado puro, y se notan los huesos del proyecto sobre el asalto al Capitolio del 6 de enero que el autor viene masticando desde hace años sin poder llevarlo a la pantalla.
El problema no es lo que dice, es cómo lo dice
La crítica especializada coincide en un punto que a mí también me quedó dando vueltas mientras salía del cine: el problema central de El precio de la red no está en el guión sino en la decisión de Sorkin de ponerse él mismo detrás de la cámara. Su historial como director es, como mínimo, desparejo. Molly's Game tuvo una recepción benévola, pero sus dos películas siguientes dejaron en evidencia una tendencia: los mejores Sorkin son los que otro director se encarga de poner en escena. David Fincher en La red social, Danny Boyle en Steve Jobs, Rob Reiner en Algunos hombres buenos. Todos supieron podar, acelerar, cortar. Sin esa tensión externa, lo que queda es el Sorkin más Sorkin, y eso, paradojalmente, es lo que menos funciona.
- Hay secuencias enteras de diálogo que parecen escritas para sonar bien leídas en voz alta, más que para ser vividas por los personajes.
- Las escenas de interiores tienen problemas de iluminación llamativos, y no es un dato menor: el director de fotografía es el mismo que trabajó en La red social.
- El montaje no genera urgencia: las imágenes cumplen, pero rara vez emocionan o sorprenden.
- Falta una mirada externa que discipline la tendencia al idealismo que el guionista arrastra desde hace años.
La película, curiosamente, lleva dentro una autocrítica casi confesada. Hay una frase, dicha por el personaje que interpreta Bill Burr y que ya se escuchó en los adelantos, que resume lo que muchos venimos pensando: Sorkin es, según esa línea, un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo al costado de la ruta. Que el propio guionista haya puesto esa sentencia en boca de uno de sus personajes dice mucho de su conciencia del problema, y dice poco, al mismo tiempo, de su capacidad para resolverlo.
Entonces, ¿coincido con la lectura de que Sorkin funciona mejor cuando otro dirige sus guiones? En buena parte, sí. Hay algo valioso en su control total sobre el material, no lo voy a negar, sobre todo cuando se trata de defender un texto propio de los ajustes que imponen los estudios o los productores, pero ese valor tiene un techo, y El precio de la red muestra con bastante claridad dónde está ese techo. La pregunta que me queda dando vueltas, y que me parece que vale la pena compartir con quien haya leído hasta acá, es si en algún momento Sorkin va a decidir volver a sentarse del otro lado de la mesa, la del escritor, y dejar que otro se ocupe de la cámara. Mientras tanto, la secuela de La red social se queda en la mitad del camino: con un guión que sigue siendo interesante y con una película que, por momentos, da la sensación de haberse dirigido a sí misma.
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