Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Voces del Impenetrable

Voces del Impenetrable

Aquella vez que Brad Pitt se perdió en el Tíbet y volvió siendo otro

Repasamos la película que une expedición al Himalaya, cautiverio y la amistad con el Dalai Lama, y que le valió a su protagonista y a su director un veto de entrada a China que terminó cayendo con los años.

MP
Milagros ParedesCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Aquella vez que Brad Pitt se perdió en el Tíbet y volvió siendo otro

Hay un sonido que se me viene a la cabeza cada vez que alguien me nombra al Himalaya en una película: ese viento seco que parece meterse por la rendija de la pantalla, como si alguien hubiera dejado una ventana abierta en la sala. Y también un olor, el de la tierra cuando empieza a quemarse el hielo, un perfume raro que mezcla pino, piedra mojada y algo metálico. Con esa mezcla en la nariz me senté a revisitar, unos cuantos años después de su estreno, una de las películas más singulares de fines de los noventa, que tiene a Brad Pitt como protagonista absoluto y a Jean-Jacques Annaud como director: me refiero a Siete años en el Tíbet, que en nuestro país muchos vieron en video y que todavía hoy sigue despertando discusiones en torno a lo que mostró y a lo que se prohibió mostrar.

Yo la vi por primera vez en el living de casa de una amiga, en una de esas VHS que circulaban con la cinta un poco gastada, y confieso que me enganchó más de lo que esperaba. La historia arranca en 1939, cuando el mundo está a punto de arder por segunda vez consecutiva, y sigue los pasos de Heinrich Harrer, un alpinista austríaco de elite que decide separarse de su esposa, que está embarazada, para sumarse a una expedición al Himalaya. Lo que iba a ser una aventura de cumbre se transforma, casi sin pedir permiso, en otra cosa bien distinta cuando la guerra cambia todos los mapas.

De la cumbre al cautiverio, y del cautiverio al Dalai Lama

La Segunda Guerra Mundial le tuerce los planes a Harrer y lo deja preso durante un tiempo prolongado. Esa etapa de cautiverio es la que rompe al personaje, le baja la soberbia de alpinista y lo obliga a mirarse de frente. Cuando finalmente consigue escapar, el viaje ya no va tanto hacia una montaña como hacia el interior del Tíbet, donde se va a encontrar con alguien que le va a cambiar la vida: el Dalai Lama, con quien construye una amistad que ocupa el corazón del relato y lo corre del centro a un costado, porque la película deja de ser una aventura de exploración para transformarse en una historia de transformación personal.

“A mí esa parte me dejó una sensación rarísima, como de estar espiando algo íntimo, porque se ve a un tipo duro aprendiendo a mirar distinto y, sobre todo, a escuchar. Esa mutación es el motor verdadero de la película, más allá de los glaciares y las avalanchas.”Milagros Paredes

China, las restricciones y un veto que duró menos de lo previsto

  • En 1997, las autoridades chinas prohibieron los estrenos de Sony, la distribuidora, como represalia por la película.
  • El propio Brad Pitt recibió una prohibición de ingreso a China que en principio se estableció de forma permanente.
  • El director Jean-Jacques Annaud corrió la misma suerte y tampoco podía entrar al país asiático.
  • La medida contra Annaud se levantó en 2012 y luego filmó allí El último lobo.
  • La prohibición a Pitt se levantó recién en 2014, varios años después de aquellos vetos iniciales.

La película trabaja con dos planos que conviven todo el tiempo: por un lado, lo que le pasa a Harrer en su periplo personal y, por el otro, el contexto político de la región, con la preparación china de lo que después sería la ocupación del Tíbet. Annaud no esconde ninguno de los dos y los va alternando con paciencia, como quien muestra una fotografía y del otro lado deja ver la fecha y el lugar donde se sacó. A mí, que me gustan las historias que combinan lo chico y lo grande, esa dupla me resulta de lo más atractiva del film.

Al final, lo que sobrevive de Siete años en el Tíbet no es tanto la postal de Brad Pitt con mochila, que también, ni el paisaje descomunal del Himalaya, que es de esos que te hacen achicar la pantalla. Lo que queda, y aquí me pongo conciliadora como siempre, es la idea de que un tipo puede empezar la historia siendo un alpinista insoportable y terminarla de otra manera, más humano, sentado en un monasterio, aprendiendo a mirar a un niño que después va a ser una figura central del siglo veinte. Y eso, más allá del chino y el japonés de los vetos, es lo que todavía la hace una película para revisitar con tiempo y, si se puede, con un buen mate al lado.

MP
Milagros ParedesCultura y espectáculos

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo