Aquella vez que mi viejo le levantó el teléfono a Porcel y el humorista volvió al set con la palabra justa para pedirme perdón
Lo que me pasó a mí en una filmación a fines de los años 70, lo que contó Georgina Barbarossa y por qué me sigue pareciendo central hablar de Carmen Vallejo, de las mujeres que trabajaban en los estudios San Miguel y de los vínculos que nos sostienen cuando alguien se excede.

Te lo cuento como lo viví, porque me parece que a esta historia le viene bien empezar por ahí, con un sonido y un olor muy concretos: el ruido seco de una producción de los años setenta, el maquillaje todavía fresco, el calor del set después de horas de grabación y ese humo de café con leche que se mezclaba con el cigarrillo de alguien que ya se había ido. Eran los últimos años setenta y yo estaba filmando con Jorge Porcel, una de esas jornadas largas en las que se comparte mucho más que un guion: se comparten camarines, pasillos, bromas y también silencios.
Lo que escuché durante una de esas pausas fue lo que me terminó de decidir. Eran anécdotas de contenido sexual, contadas una y otra vez entre los hombres del equipo, mientras yo estaba ahí, a metros, tomando un vaso de agua. Y entonces Porcel acompañó uno de esos relatos con un gesto dirigido a mí: sacó la lengua, me miró y me dijo, con ese tono que se hacía el pícaro, mirá qué lengua tengo. No era un chiste aislado: era el remate de una seguidilla que ya me había puesto uncomfortable, y yo decidí que no la iba a dejar pasar.
La llamada que cambió el día siguiente
Aquella noche, cuando volví a casa, le conté lo ocurrido a mi viejo. Sabía que entre él y Porcel había un vínculo de muchos años: Porcel había recurrido a él para consultarle sobre participaciones en proyectos de televisión y cine, y mi padre le había pedido, en algún momento, que fuera cuidadoso conmigo. Esa historia previa fue la que me permitió, sin sentir que estaba exagerando, pedirle que interviniera. Lo llamé, le relaté lo que había pasado, y mi viejo le habló a Porcel por teléfono.
Al día siguiente, en el set, el humorista se me acercó y me pidió disculpas. No fue un pedido público ni una escena dramática: fue un gesto más bien contenido, de los que se hacen cuando uno se da cuenta de que la situación le puede costar algo. Yo lo acepté, seguimos trabajando y la filmación terminó sin más episodios de ese tipo entre nosotros. Lo recuerdo con una mezcla de alivio y de rabia vieja, porque me sigue pareciendo injusto que una mujer tenga que pedirle a su padre que llame por teléfono para que un hombre deje de incomodarla.
Georgina, Carmen Vallejo y las mujeres que cuidaban a otras mujeres
Como yo, Georgina Barbarossa también habló de lo que le tocó vivir con Porcel. Contó que, cuando era muy joven y estaba pasando por dificultades económicas, el actor la tocó de una manera que ella misma calificó de espantosa durante una grabación. Dijo que salió llorando hacia su camarín y que encontró en Carmen Vallejo a la persona que la escuchó y le creyó.
- Según el relato de Barbarossa, a partir de ese episodio Vallejo permanecía junto a ella cada vez que tenía que compartir escenas con Porcel, una presencia que funcionaba como escudo cotidiano.
- La conductora recordó que, más adelante y por necesidad económica, aceptó volver a trabajar con él y aseguró que el hostigamiento continuó incluso durante su embarazo.
- Alfano, por su parte, describió la presencia frecuente de mujeres frente al camarín de Porcel en los estudios San Miguel, aclaró que no vio directamente lo que pasaba adentro y señaló que varias dependían de esos ingresos para sostener a sus familias.
“Cuando alguien se excede con una compañera, lo que define el después no es solo lo que hizo, sino quién le cree a quién y quién se queda al lado de esa persona para que pueda seguir trabajando sin tener que demostrar todo el tiempo que dijo la verdad.”Milagros Paredes
A mí, cada vez que vuelvo a esta historia, me vuelve un chamamé que cantaba mi viejo cuando era chico: uno que habla de pedir, de ser escuchado y de que alguien se haga cargo. Me lo tarareo bajito, como para acordarme de que las disculpas llegaron porque alguien movió un teléfono, y de que Georgina pudo seguir filmando porque Carmen Vallejo le dijo quedate tranquila, yo te acompaño. Son detalles que parecen chicos y que, mirados en conjunto, son los que terminan armando una red. Una red feita, armada con lo que había, pero red al fin.
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