Cansancio que no se va: la nutricionista que pide mirar el plato antes que el diagnóstico
La psicóloga Kimberley Wilson cuestiona el abordaje clásico de la fatiga, la apatía y el ánimo bajo y propone que cada consulta de salud mental abra la puerta de la cocina. Una invitación a integrar alimentación, descanso y movimiento con la psicoterapia y, cuando haga falta, con medicación.

En la sala de espera de un consultorio del barrio, una mujer de cincuenta y tantos se acomoda en la silla, se cruza de brazos y suspira. Viene por tercera vez en el año. Cuenta que duerme ocho horas y amanece rota, que la cabeza le pesa como si llevara un buzo de plomo, que la vida le pasa por delante como una película que no le interesa. Le preguntaron por sus hijos, por la menopausia, por la pareja, por el trabajo. Nadie le preguntó qué comió ayer. Esa omisión es, precisamente, la grieta que la psicóloga británica Kimberley Wilson se propone tapar.
Una consulta que también mire al cuerpo
Wilson, formada en la Universidad de Oxford y con paso por el sistema penitenciario del Reino Unido, sostiene que el cansancio persistente, la apatía y el ánimo bajo ameritan una evaluación que vaya más allá de la historia clínica clásica. A su criterio, además de los antecedentes personales y las situaciones que generan estrés, hay que interrogar a la heladera. La propuesta, que la especialista viene difundiendo en el circuito académico y en medios internacionales, integra alimentación, descanso y movimiento con la psicoterapia y los medicamentos, según las necesidades de cada paciente.
El planteo no reemplaza al profesional de la salud mental ni descarta ningún tratamiento. Lo que hace es agregar una capa de lectura. Una persona con experiencias traumáticas puede necesitar terapia especializada; alguien con anemia o con una alimentación muy restrictiva podría ver cómo parte de sus malestares cede al corregir una carencia concreta. La idea, en sus propias palabras, es identificar qué factores intervienen en cada caso y orientar las intervenciones a partir de ese mapa.
Nutrientes que pesan en el ánimo
La especialista menciona un puñado de nutrientes cuyo déficit se vincula con el funcionamiento cerebral: las vitaminas B3 y B12 (esenciales para el sistema nervioso y la producción de energía), el zinc (involucrado en la regulación del ánimo), el selenio (relacionado con la protección de las células nerviosas) y los omega-3 (grasas que el cuerpo no fabrica y que forman parte de las membranas de las neuronas). Wilson aclara que la insuficiencia de cualquiera de estos compuestos no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental, aunque puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo. Por eso, propone investigar posibles déficits ante síntomas persistentes antes de descartar lo obvio.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, ricos en omega-3, en al menos una porción semanal.
- Huevos, legumbres y carnes magras como fuentes de vitaminas del complejo B.
- Frutos secos y semillas, especialmente nueces y semillas de chía o de lino, para sumar omega-3 en dietas sin pescado.
- Verduras de hoja verde, presentes en la mayoría de los menús caseros, que aportan folato y magnesio.
- Consulta profesional para personas vegetarianas o veganas sobre suplementación de B12, zinc y omega-3.
El recorrido de Wilson hacia este enfoque se forjó en un lugar particular: la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde trabajó como psicóloga forense. Allí observó, en primera persona, las dificultades de regulación emocional asociadas con carencias alimentarias frecuentes en una población con derechos muy restringidos. También cita ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles que vincularon la administración de micronutrientes con una reducción de episodios violentos. La asociación no permite, aclara, explicar toda la conducta de una persona a partir de su dieta, pero invita a no descartar ese ángulo en la consulta.
Dormir, moverse y dejar de fumar, parte de la misma receta
La revisión que propone la psicóloga inglesa no termina en el plato. Incluye, además, el sueño (mínimo siete horas reales, no sólo de corrido), el sedentarismo, el consumo de sustancias como alcohol o tabaco, los conflictos personales y el estrés laboral. Los efectos de modificar la alimentación, el descanso y el movimiento no aparecen de un día para el otro: pueden tardar meses en percibirse, un dato clave para no abandonar el tratamiento al primer cruce de semana difícil.
En Argentina, este enfoque seic puede profundizarse en los centros de atención primaria de la salud (CAPS), donde equipos de medicina general, nutrición y salud mental suelen trabajar de manera articulada. También en hospitales públicos como el Hospital Borda o el Hospital Moyano, y en centros privados de nutrición como NutriCenter, Stamboulian o el servicio de nutrición del Hospital Italiano, con turnos que van de las 8 a las 18 según la sede. Una primera consulta con un nutricionista matriculado, solicitada a través de la obra social o del centro de salud más cercano, puede ser el paso inicial para empezar a mirar el plato con la misma seriedad con la que se mira la historia clínica.
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