Criar también es revisarse: lo que la propia infancia deja en la crianza de los hijos
El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey explica por qué tendemos a repetir con nuestros hijos lo que vivimos de chicos, qué marcas son las más difíciles de soltar y qué señales permiten advertir, a tiempo, cuando la historia personal se mete en la manera de criar.

Soy Norma Charole, y en esta nota para la sección Comunidades y derechos me propongo acompañar a quienes, en algún momento, se detuvieron a pensar por qué reaccionan como reaccionan con sus hijos. La escena es más común de lo que parece: un padre o una madre que se sorprende gritando lo mismo que escuchó de chico, o que, en el intento opuesto, queda tan pendiente de no repetir el pasado que pierde de vista al niño que tiene enfrente. De eso se trata, en definitiva, esta conversación con el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, que me recibió para repasar qué huellas de la infancia reaparecen en la crianza y qué puede hacerse con ellas.
"Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacemos", me dijo McCoubrey apenas empezamos a charlar, y la frase me resonó porque toca algo que, en mi experiencia recorriendo comunidades y escuchando familias, aparece una y otra vez: nadie empieza a criar desde cero. La historia propia se filtra en la forma de hablar, en cómo se ponen los límites, en cómo se reacciona ante un conflicto y hasta en las ideas que circulan en la mesa sobre el esfuerzo, el dinero, el afecto o la obediencia. Esas herencias no son, por sí mismas, el problema: lo que hay que mirar, según el especialista, es qué se hace con ellas.
Qué marcas costaron más y cómo identificarlas
Le pregunté a McCoubrey cuáles son las marcas más difíciles de dejar atrás y me respondió que, justamente, suelen ser las menos visibles, las que llevan años instaladas sin ser puestas en cuestión. Mencionó las pérdidas silenciadas, las violencias naturalizadas, las vergüenzas heredadas y los mandatos que pasan de una generación a otra, y agregó un rasgo común que me parece importante compartir: el denominador común de esas marcas es la rigidez, es decir, la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo diferente. Cuando la crianza se vuelve rígida, advirtió, el costo lo paga sobre todo el niño o la niña que intenta ser alguien en singular y encuentra, del otro lado, un molde pensado para otro.
“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Durante la entrevista también hablamos de una idea que circula mucho entre quienes se proponen no repetir la historia: la de hacer, deliberadamente, todo lo contrario de lo que vivieron. McCoubrey me aclaró que esa reacción, aunque nace de un lugar genuino, no siempre alcanza, y lo dijo con una frase que me pareció central: "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres". Cuando alguien creció con una crianza muy rígida, añadió, puede terminar interpretando cualquier frustración como algo traumático, y eso también le quita a los hijos la posibilidad de aprender a tolerar y a resolver.
Señales de que la historia propia se está metiendo en la crianza
- Una reacción desmedida frente a una situación cotidiana, como una bronca que desborda o una preocupación que no se ajusta al hecho.
- La necesidad compulsiva de tener todo bajo control, incluso en detalles menores de la vida del hijo.
- La dificultad para tolerar que el niño o la niña sienta, pida o piense algo distinto de lo esperado en casa.
- La sensación de estar criando "en piloto automático", repitiendo frases o gestos que uno reconoce como propios de la infancia propia.
- Un cansancio emocional que no se explica por el momento actual, sino por el peso acumulado de mandatos antiguos.
Antes de cerrar, le pedí a McCoubrey que me dejara una idea concreta para quienes, leyendo esta nota, se reconocen en alguna de estas marcas. Me dijo que la clave no está en buscar un punto medio matemático entre lo que se vivió y lo que se quisiera haber vivido, sino en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente, con su edad, su momento y su historia. También insistió en que cambiar no equivale a no volver a equivocarse nunca, y me dio un ejemplo que vale la pena guardar: "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto". Esa posibilidad de detenerse, pedir una pausa y reparar, me parece, es el primer movimiento real para que la historia propia deje de ser un destino y vuelva a ser, simplemente, un punto de partida.
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