Cuando decir que no se vuelve una urgencia: lo que el cuerpo y la mente empiezan a cobrar cuando los límites se desdibujan
Una mirada integral sobre por qué a muchos cuesta poner freno a los demás, qué pasa cuando tampoco se toleran los límites ajenos y por qué, lejos de ser un defecto de carácter, se trata de algo que se aprende y, sobre todo, que se puede reaprender en la edad adulta, con acompañamiento profesional.

Me acuerdo de una sala de espera en un consultorio del barrio de Belgrano, en Buenos Aires, donde una mujer de unos cincuenta y tantos años me contó, mientras esperaba su turno, que llevaba meses sin dormir bien, con un dolor lumbar que ningún estudio lograba explicar y una sensación de agotamiento que ni las vacaciones alcanzaban a disipar. Cuando le pregunté qué había cambiado en su vida, me miró como si la pregunta fuera absurda y respondió, casi en un susurro, que no había cambiado nada, que seguía haciendo exactamente lo que siempre había hecho: ocuparse de todos, decir que sí a todo, hacerse cargo de lo que le pedían sus hijos adultos, su pareja, su madre mayor, sus compañeros de trabajo. Aquel día, escuchando su historia, confirmé algo que la psicología vienen sosteniendo desde hace décadas: no poner límites tiene consecuencias que van mucho más allá de lo emocional y que, cuando la palabra no alcanza, terminan manifestándose en el cuerpo.
De eso se trata esta nota que escribo desde mi lugar de periodista pero, sobre todo, desde la convicción de que hablar de salud mental sigue siendo, en la Argentina de 2026, una necesidad y una deuda pendientes. La dificultad para decir que no -y, en espejo, la imposibilidad de tolerar que el otro diga que no- no es un capricho ni una debilidad de carácter: es el resultado de un proceso que (perdón, quiero decir, que comienza) en los primeros meses de vida y que, cuando no se completa de manera adecuada, deja huellas que se arrastran hasta la adultez más cercana, la de los lectores de entre cuarenta y sesenta años que, como esa mujer de la sala de espera, intuyen que algo no anda pero no saben ponerle nombre.
Por qué cuesta tanto decir que no, según lo que sabemos hoy
Para entenderlo hay que retroceder al inicio. El límite, explican los especialistas, no es lo contrario del amor sino una de sus formas más concretas: es lo que permite que un bebé empiece a distinguir dónde termina él y dónde empieza el otro. El pecho que no siempre está disponible en el momento exacto en que se lo desea, la espera antes de la satisfacción, el no firme ante un peligro, los tiempos que no se negocian: todo eso, vivido en la infancia como una frustración necesaria, va tallando poco a poco la diferencia entre el yo y el mundo. No hay psiquismo posible, dicen, sin un afuera que contenga, que diga hasta acá, que ponga mojones. Cuando ese afuera falla por exceso -porque nunca se puso un límite- o por defecto -porque se puso de manera violenta o caprichosa-, lo que queda es un adulto que o bien no puede poner límites propios o bien no tolera los límites ajenos.
- El patrón de quien no puede poner límites: suele ser alguien que aprendió muy temprano que su propio deseo molestaba o que decir que no ponía en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que en el fondo no quiere, tolera situaciones que le hacen daño y termina haciéndose cargo de lo que no le corresponde. Los costos no son abstractos: cuadros de ansiedad (estado de alerta constante, sensación de peligro inminente sin causa real), resentimiento acumulado que se vuelve combustible emocional y un cansancio que ningún descanso resuelve porque no es físico sino psíquico.
- El patrón opuesto, el de quien no tolera el límite ajeno: cualquier no del otro se vive como una ofensa personal o como un desafío que hay que vencer. Detrás de esa fachada de fortaleza suele haber una imagen frágil de sí mismo que necesita confirmarse doblegando la voluntad del prójimo. Las relaciones, entonces, se organizan alrededor de su conveniencia y, con el tiempo, se vacían de afecto genuino.
- El punto intermedio que todos buscamos: la capacidad de decir que no sin sentirse culpable y de escuchar un no ajeno sin interpretarlo como una amenaza. Llegar a ese punto tiene un costo real porque implica arriesgar un vínculo con alguien de quien se depende, sea en lo afectivo o en lo económico, pero casi siempre es un costo menor que el de seguir viviendo a merced de la voluntad de los demás.
El cuerpo, cuando la palabra fracasa, suele hacerse cargo de poner los límites que la persona no se animó a poner. Aparecen dolores sin causa orgánica clara en los estudios, aparece el insomnio crónico, aparecen síntomas que los médicos no logran encajar en un diagnóstico preciso y que, sin embargo, tienen una lógica: son la manera en que el organismo dice basta cuando la voluntad no pudo. Esa es, para mí, la parte más conmovedora de toda esta cuestión, la que más interpela a los lectores adultos que llevan años postergándose: el cuerpo termina hablando donde la boca no se animó.
La buena noticia: esto se puede trabajar
Lo más importante de todo lo que aquí comparto -y lo que más me interesa transmitir como periodista y como persona- es que la dificultad con los límites no constituye un rasgo de carácter inmodificable ni una condena. Se construyó en un momento de la vida y, cuando no se construyó bien, puede revisarse. Hoy existen tratamientos adecuados, espacios terapéuticos serios, profesionales formados en psicología y psiquiatría que pueden acompañar ese proceso de reaprender a decir hasta acá sin la sensación de traicionar al otro. No es un trabajo de un día: es un recorrido que, bien acompañado, devuelve algo que muchos ya creían perdido: la propia palabra, el propio deseo, el propio cuerpo.
“El límite no es lo opuesto del amor; es una de sus formas más concretas, porque sin él no hay sujeto posible, no hay deseo que se pueda reconocer como propio ni vínculo que se sostenga en pie.”Lectura libre de la fuente consultada
Mientras terminaba de escribir esta nota pensé otra vez en la mujer de la sala de espera de Belgrano y en cuántos miles de lectores estarán sintiéndose identificados con su historia sin atreverse a dar el primer paso. Para quienes estén en la ciudad de Buenos Aires y quieran empezar a trabajar este tema, los centros de salud mental comunitario de los hospitales públicos ofrecen atención gratuita en los horarios habituales de consultorios externos, generalmente de lunes a viernes de 8 a 14 horas, y los colegios profesionales de psicología de cada jurisdicción cuentan con listados de profesionales matriculados y aranceles mínimos acordados. También las líneas de contención emocional atienden las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, sin turno previo y de modo gratuito. Pedir ayuda, en estos casos, no es debilidad: es, justamente, el primer límite que uno se anima a ponerse.
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