Cuando el amor aparece en el vagón de las seis: un clásico setentoso que vuelve a las salas porteñas
A 42 años del estreno, la película que reunió a Robert De Niro y Meryl Streep en un drama íntimo y ciudadano regresa a la pantalla, y sirve para revisitar una de las historias de amor más contenidas que dio el cine de los años ochenta.

El olor a café recién hecho me recibió en el hall del cine, mezclado con ese perfume dulzón de las butacas viejas que ya nadie limpia del todo. Era temprano, caía la tarde de un sábado, y yo iba buscando una de esas películas que se comentan poco pero que después se recuerdan mucho. Me topé, casi por accidente, con la reposición de un film que tenía 42 años exactos y que yo no había visto nunca. Se trata de "Enamorarse", el drama de 1984 que juntó a Robert De Niro y a Meryl Streep en un registro íntimo, lejos de las balas y de las guerras que les habíamos conocido.
Y mientras se apagaban las luces, no pude evitar pensar en un chamamé que mi vieja escuchaba en la cocina los domingos, uno que dice más o menos así: "el amor cuando no se espera, llega y te encuentra sin aviso". Esa es, justamente, la idea que empuja toda la película: el sentimiento aparece cuando nadie lo llamó, en una librería de Manhattan, en plena Navidad, cuando dos desconocidos se equivocan de paquete y se llevan el regalo del otro.
Dos adultos casados, una ciudad como cómplice
La historia la escribió Michael Cristofer y la dirigió Ulu Grosbard, con la producción de Paramount Pictures. Frank Raftis, el personaje de De Niro, y Molly Gilmore, el de Streep, no son jóvenes que descubren el amor por primera vez: son un hombre y una mujer con familia, con rutina, con compromisos firmes. Él está casado, ella también. El punto de partida es ese malentendido de los paquetes y, después, los viajes en tren que ambos comparten por obligación, rumbo a sus trabajos.
La gran virtud del film es no resolver el conflicto con un golpe de efecto. Frank y Molly se van conociendo de a poco, en vagones atestados, en bares anónimos, en la lectura de libros que se prestan como disculpa para volver a verse. Lo que aparece entre ellos no se nombra con grandes palabras, se va notando en silencios, en manos que se tocan sin querer, en conversaciones donde se dicen más de lo que querrían. Cuando por fin se permiten poner nombre a lo que sienten, ahí empieza el verdadero drama: qué hacer con algo que ninguno buscó, pero que ya está ahí, pidiendo definiciones.
- Frank Raftis, el personaje de De Niro, es un hombre común, con oficina, con hijos, con la vida ya armada desde hace años.
- Molly Gilmore, el de Streep, encarna a una mujer que había elegido su presente y que de pronto siente que se le desordena.
- La librería donde arranca todo funciona como una suerte de pequeño destino: un lugar de paso donde la vida puede torcer hacia cualquier lado.
- El tren es el verdadero escenario del romance: anónimo, repetido, el único espacio donde la rutina se vuelve íntima.
- La ciudad de Nueva York opera como un personaje más, gris y luminosa al mismo tiempo, testigo mudo de lo que se va construyendo.
El elenco de apoyo completa el cuadro: aparecen Harvey Keitel, Dianne Wiest, Jane Kaczmarek y David Clennon, que arman alrededor de la pareja central una red de matrimonios, amigos y obligaciones. Cada uno de esos personajes secundarios funciona como un espejo que le devuelve a Frank y a Molly distintas versiones de lo que significa ser fiel, ser infiel o, simplemente, ser cobarde.
En lo personal, salí del cine con esa sensación que solo dejan las historias de amor bien contadas: la de haber pasado un rato largo dentro de la cabeza de dos personas que se quieren, pero que también quieren a quienes ya tenían al lado. Streep compone a Molly con esa mezcla de fragilidad y firmeza que ya se le conocía, y De Niro se permite un registro más bajo, más contenido, casi sin levantar la voz, que acá resulta más elocuente que cualquiera de sus personajes más explosivos.
Para quienes se acerquen a la película ahora, vale la pena saber que la crítica de la época la recibió con opiniones divididas. Roger Ebert, por ejemplo, le puso dos estrellas sobre cuatro y señaló algunas debilidades del guion, aunque rescató momentos puntuales del vínculo entre los dos protagonistas. La recaudación también fue modesta: Box Office Mojo registra alrededor de 11.129.057 dólares en Estados Unidos y Canadá, con un debut cercano a los 2,3 millones de dólares. Cifras que, vistas en perspectiva, no le hacen justicia a una película que, justamente, nunca buscó ser un éxito de público, sino contar algo mucho más pequeño y, por eso mismo, más durable.
A mí, lo que más me quedó dando vueltas fue la idea de que el amor, a veces, llega sin que uno lo convoque. Que aparece en un vagón de tren, en una librería que huele a papel viejo, en una equivocación que termina cambiando toda la vida. Y que no hace falta ni una guerra ni una persecución para que dos personas se desarmen por dentro con sólo mirarse. La película cumple 42 años y, contra lo que suelen decir los obituarios del cine, sigue perfectamente vigente, lista para volver a enamorar a quien se acerque sin previo aviso.
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