Cuando el celular nos llama sin sonar: lo que dos investigadores del CONICET quieren que sepamos sobre la atención de todos los días
Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin explican por qué revisamos la pantalla una y otra vez, qué pasa con la memoria cuando vivimos pendientes del teléfono y de qué manera se puede empezar a recuperar la concentración en la vida familiar.

En su casa de Haedo, Marta Ledesma, mamá de dos adolescentes, cuenta que ya se acostumbró a ver a sus hijas en el sofá, con el celular al lado, y sin embargo pendientes de la pantalla como si estuviera sonando. "A veces les pregunto qué miran y me dicen que nada, que solo estaban esperando un mensaje", relata, y se ríe con una mezcla de ternura y preocupación. Esa escena, que se repite en miles de hogares del oeste del conurbano bonaerense, tiene nombre y apellido para la ciencia: la expectativa constante de una notificación que muchas veces no llega.
Una vibración que nadie escuchó
Sentir que el teléfono vibró, levantarlo y descubrir que no entró ningún mensaje es una experiencia más común de lo que parece, y tiene una explicación concreta. Para el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, investigadores del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), la expectativa de recibir avisos puede llevarnos a interpretar un roce de la ropa o un ruido cercano como una señal del celular. Esa predisposición, explican, no es un capricho ni un defecto de carácter: es un mecanismo del cerebro que se entrena cada vez que desbloqueamos la pantalla.
Ballarini y Bonnin desarrollan estas ideas en el libro (Des)Conectados, donde proponen una pregunta que parece sencilla pero ordena todo lo demás: cuánto espacio ocupa el teléfono en nuestra atención, incluso cuando lo dejamos a un lado sobre la mesa o dentro de un cajón. La respuesta, para los autores, suele ser más grande de lo que imaginamos.
Lo que el FOMO les hace a los adolescentes y al resto de la familia
Una de las claves del libro es el miedo a quedar afuera, conocido como FOMO por sus siglas en inglés. Para los autores, en los adolescentes perder el acceso a las conversaciones digitales puede sentirse como una exclusión del propio grupo. Pero esa preocupación no se queda en la juventud: en muchas familias de Ituzaingó, Merlo y Moreno, donde trabajo con clubes y centros comunitarios, veo cómo padres y madres también revisan el teléfono durante la cena, en la fila del banco o mientras esperan a sus hijos en la puerta de la escuela.
El costo de esa atención repartida se mide en algo muy concreto. Según Ballarini y Bonnin, estar pendientes de las novedades digitales reduce los recursos disponibles para concentrarse en lo que ocurre alrededor. Los investigadores relacionan un mayor miedo a quedar afuera con un menor rendimiento de la memoria y la atención, un dato que en los hogares se traduce en chicos que no recuerdan lo que acaban de leer o adultos que pierden el hilo de la conversación en la mesa.
- Notificaciones fantasma: la sensación de que el teléfono vibró sin que haya llegado ningún aviso real.
- FOMO, o miedo a quedar afuera de conversaciones y actividades digitales que parecen urgentes.
- Menor rendimiento de la memoria y la atención cuando parte de la cabeza está esperando un mensaje.
- Confusión entre dejar una herramienta y abandonar un espacio social cuando se apaga la pantalla.
Reconocer el hábito, primer paso para cambiarlo
Reconocer esa dependencia es, en la propuesta de Ballarini y Bonnin, un punto de partida. No alcanza con contar las veces que se desbloquea el teléfono: también importa advertir la preocupación por perderse algo o la expectativa constante de que llegue un mensaje. Cuando se identifica esa espera silenciosa, las notificaciones fantasma dejan de parecer rarezas y empiezan a leerse como señales de un hábito instalado.
Los autores ubican estos comportamientos en un cambio cultural más amplio. Las pantallas ya no son solo aparatos: alojan conversaciones, vínculos y actividades que forman parte de la vida diaria. Por eso, dejar el dispositivo no siempre se vive como guardar una herramienta: puede sentirse como abandonar, por un rato, un espacio de encuentro. Esa percepción, sostienen, explica por qué cuesta tanto soltar el celular aunque no haya nada urgente para responder.
El planteo de los dos investigadores apunta a recuperar el valor del conocimiento y de la memoria, y a evitar que los dispositivos concentren todo el esfuerzo de pensar. En las charlas que damos en centros comunitarios del oeste bonaerense, la comunidad suele pedir algo muy concreto: que se hable de estos temas en las escuelas y en los centros de salud, para que adultos y jóvenes puedan conversar sobre el uso del celular sin que sea un conflicto de cada hogar, y para que el Ministerio de Educación de la provincia y la Secretaría de Niñez de la Nación incorporen talleres sobre atención y pantallas en los barrios donde más se necesita.
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