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Cuidar a un familiar en la Argentina: el peso recae sobre la mujer y la respuesta estatal llega a menos de la mitad de los trabajadores

Una encuesta de la Universidad Austral sobre 1.028 personas reveló que seis de cada diez cuidadores principales atraviesa algún grado de sobrecarga y que el acceso a licencias y prestaciones formales apenas supera la mitad de lo que ofrece el empleo registrado, mientras la informalidad y el trabajo independiente quedan prácticamente a la intemperie.

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Silvana DuarteSalud y sociedad · · 5 min de lectura
Cuidar a un familiar en la Argentina: el peso recae sobre la mujer y la respuesta estatal llega a menos de la mitad de los trabajadores

La sala de espera de un consultorio de guardia, un lunes a las diez de la mañana, suele tener una geografía silenciosa que dice mucho de la vida afuera. Ahí, mientras los minutos se estiraban antes de un turno que nunca llegó a horario, una mujer de unos cincuenta años le contó a quien escribe estas líneas que llevaba dos noches sin dormir porque su madre, de ochenta y dos, se había caído en el baño y ella no podía delegar la vigilancia ni en su hermano, que vive a tres horas, ni en la empleada doméstica, que recién entra a las siete. Esa escena mínima, repetida en miles de hogares argentinos, es el punto de partida de un relevamiento que la Universidad Austral acaba de difundir y que pone cifras a un padecimiento que casi siempre se esconde detrás de las paredes de la casa.

Según la encuesta, que se realizó por internet entre octubre de 2025 y abril de 2026 y reunió respuestas de 1.028 personas mayores de 18 años residentes en la Argentina, el 20,4 por ciento de los encuestados manifestó que cuidaba a un familiar. Dentro de ese universo, la carga principal se distribuye de manera desigual: el 60,6 por ciento de las cuidadoras mujeres asumió el rol principal, un porcentaje que entre los varones cuidadores se redujo al 44,4 por ciento. La diferencia parece pequeña en los papeles, pero se vuelve enorme cuando se la traduce en horas de sueño perdidas, en proyectos postergados y en dinero que deja de entrar.

Descanso, proyectos y empleo: las tres esquinas donde más duele

El informe preguntó, entre otras cosas, si la tarea de cuidar impedía descansar lo suficiente, si limitaba los proyectos personales y si complicaba la combinación con un trabajo remunerado. Las respuestas dibujan una brecha de género que la investigación describe con frialdad estadística pero que en la vida cotidiana se vive como injusticia cotidiana. Entre las mujeres cuidadoras, el 54 por ciento reconoció que la responsabilidad le impedía descansar lo necesario y el 44 por ciento dijo que limitaba sus proyectos personales, mientras que entre los varones esas proporciones cayeron al 30 y al 10 por ciento, respectivamente. El trabajo remunerado tampoco se salvó: el 75 por ciento de quienes cuidaban también trabajaba, lo que vuelve todavía más ajustada la matemática de organizar una jornada, una comida, un turno médico y un viaje en subte.

“Importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia.”Informe de la Universidad Austral

La escala de Zarit como termómetro de la sobrecarga

Para dimensionar el desgaste, los investigadores de la Austral evaluaron a 120 cuidadores principales con la escala de Zarit, un cuestionario ampliamente reconocido que consta de 22 ítems y permite medir el nivel de sobrecarga de quien asiste a otra persona. Los resultados fueron elocuentes: seis de cada diez cuidadores principales presentaban algún grado de sobrecarga, y el 40,8 por ciento alcanzó el nivel intenso, una categoría que el informe consideró merecedora de intervención profesional. En otras palabras, no se trata de cansancio pasajero ni de un mal humor que se resuelve con un café: es un cuadro clínico que necesita acompañamiento.

Quizá lo más llamativo del trabajo sea un hallazgo que obliga a mirar de cerca qué entendemos por estar acompañado. La proporción de sobrecarga intensa fue del 40 por ciento tanto entre quienes dijeron recibir ayuda como entre quienes reconocieron no tenerla. El informe lo resumió con una frase que, a mi entender, resume buena parte del debate pendiente en materia de cuidados: importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia. Para analizar esa calidad, la investigación contempló tres dimensiones del acompañamiento, denominadas afectiva, informacional y operativa, es decir, el cariño genuino, la orientación sobre qué hacer ante un síntoma o un trámite, y la mano concreta que se pone para cocinar, trasladar, higienizar o gestionar un turno. Cuando alguna de esas tres patas falla, el cuidador principal queda sosteniendo un peso que no le corresponde en soledad.

Licencias, formalidad y trabajo independiente

La encuesta también puso la lupa sobre las herramientas laborales disponibles para hacer compatible el cuidado con un sueldo. El acceso promedio a un paquete de licencias y prestaciones, que incluía maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería, alcanzó el 53,7 por ciento entre los trabajadores formales, se desplomó al 17,1 por ciento entre los informales y cayó hasta el 9,5 por ciento entre quienes trabajan por cuenta propia. La diferencia, traducida a la vida real, significa que dos personas en situaciones clínicas idénticas pueden tener a su disposición cinco veces más derechos si tienen un recibo de sueldo registrado que si facturan como monotributistas o trabajan en negro, un dato que, como ciudadana y como periodista, me parece urgente incorporar a cualquier debate serio sobre cómo se cuida en la Argentina.

El relevamiento no se detuvo en la queja ni en el diagnóstico, y aquí se lee una voluntad deliberada de no pintar todo de negro. El 95,7 por ciento de los cuidadores reconoció al menos un aspecto gratificante de la tarea, y entre los más mencionados figuraron el afecto recíproco, los momentos compartidos y los cambios alcanzados por la persona cuidada, una enumeración que convive, sin anularse, con el cansancio, con los trámites y con la falta de sueño. Esa doble cara del cuidado, donde el gozo y el agobio caminan de la mano, es la que cualquier política pública debería tener a la vista antes de diseñar respuestas.

Para quienes necesiten orientación o sientan que la sobrecarga los está superando, el Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires, en la calle Córdoba 2350 de la Ciudad de Buenos Aires, atiende consultas de medicina familiar y salud mental de lunes a viernes de 8 a 14 horas; el PAMI, la obra social nacional para jubilados y pensionados, ofrece orientación telefónica gratuita a través de su línea 138 y acompaña a afiliados y a sus cuidadores en la gestión de turnos y prestaciones, y los servicios sociales de los municipios suelen disponer de áreas de Tercera Edad o de Discapacidad donde se puede pedir asesoramiento sobre redes de cuidado, apoyos domiciliarios y talleres para familiares, en general de lunes a viernes en horario administrativo. Cuidar a quien cuidó es también una decisión política, y estas herramientas, con sus limitaciones y sus horarios, son una manera de empezar a repartir un peso que, como demuestra la encuesta de la Austral, sigue recayendo sobre los mismos hombros.

SD
Silvana DuarteSalud y sociedad

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