El living de Pergolini se llenó de chismes: cuando la visita de Rolón se transformó en un diván colectivo
La entrevista con Gabriel Rolón arrancó en Otro día perdido y terminó como una sesión de quejas cariñosas entre Evelyn Botto, Soy Rada y Mario Pergolini. Besos que no llegan, follows que se van y nombres que se confunden: la convivencia al aire, con el psicoanalista mirando de reojo.

El estudio de Otro día perdido tiene ese zumbido particular de las radios cuando todavía no arrancó al aire: el murmullo de los cables, el olor tibio del café recalentado en una jarra que alguien dejó a medias y, de fondo, el runrún de una guitarra que suena a chamamé viejo, de los que dicen que "el amor es una palabra que se lleva el viento". Yo estaba ahí, en una de esas plateas laterales donde el público se acomoda como puede, cuando vi a Mario Pergolini recibir a Gabriel Rolón con la formalidad de siempre y la sospecha de que algo se le iba a ir de las manos. Y se le fue.
Lo que empezó como una entrevista al psicoanalista más leído del país se transformó, en cuestión de minutos, en una suerte de terapia grupal con humor ácido, la clase de sesión que uno imagina cuando escucha la palabra "vínculos" aplicada a gente que comparte cámara, café y micrófono hace más de un año. La excusa fue la llegada de Rolón; el combustible, las cuentas pendientes que Evelyn Botto y Agustín Aristarán, más conocido como Soy Rada, tenían con el conductor.
Botto, la eterna nueva
Evelyn Botto tomó la palabra primero y dejó caer una pregunta que parece chica pero pesa: cuánto tiempo más iban a seguir tratándola como la integrante nueva después de un año de trabajo compartido. Lo dijo con la sonrisa medio dibujada, pero con la precisión de quien viene acumulando el dato desde hace varias emisiones. Después sumó un detalle que, en otra mesa, sería una queja menor y acá funcionó como una pequeña bomba: Mario Pergolini, en más de una oportunidad, la llamó Layla. Pergolini salió a defenderse con una explicación clásica de los que confunden nombres: dijo que tiene dificultades para retenerlos y que por eso mezcla. Ella lo rechazó de plano, sin levantarle la voz, pero con la claridad de quien sabe que el "no me acuerdo" también es un mensaje.
La locutora sumó otro punto al expediente afectivo: contó que su conductor no acostumbra saludarla con un beso. Ahí Rolón, que venía escuchando con la actitud de quien se subió a un auto sin saber quién maneja, intervino con una observación que sonó a manual de consultorio pero dicho con timing cómico: cada uno tiene su manera de vincularse y de expresar afecto, dijo, y de paso señaló que Soy Rada tampoco solía besar al saludar. La frase rebotó en la mesa como una pelota de ping pong y dejó al humorista en el centro de la escena.
El follow que se pierde y el like que duele
Aristarán recogió la pelota y la mandó a otro lado. Cambió de tema, pero siguió en el mismo clima: contó que Pergolini había dejado de seguirlo en Instagram y que, para colmo, le había anunciado la decisión mientras estaban juntos, mirándose a la cara. Para el humorista, que el conductor figurara entre sus seguidores no era un dato menor: tenía un valor simbólico, le servía como carta de presentación ante terceros, casi como un sello de pertenencia. Cuando lo dijo, en el estudio se escuchó una risa corta y cómplice, la clase de risa que confirma que el público estaba pendiente de cada movimiento.
Pergolini volvió a defenderse y explicó que las publicaciones frecuentes de su compañero le resultaban aburridas. Aristarán le marcó la salida lógica con una pregunta: si le aburrían, podía silenciar la cuenta. Ahí Rolón volvió a meter la cuchara, esta vez con una observación que dejó pensando a más de uno: dejar de seguir a alguien también puede leerse como un mensaje sobre la relación entre ambos. No hizo falta que nadie agregara nada. La mirada cómplice entre los tres dijo lo que faltaba.
El diván con público
La escena había empezado, en realidad, con un detalle que parecía menor pero encendió todo: Aristarán invitó a Rolón a sentarse entre él y Botto. Esa distribución despertó las preguntas de Pergolini y abrió la puerta a los planteos del equipo. Más adelante, cuando la charla ya había tomado forma de sesión, el conductor preguntó en serio si una terapia grupal apunta a que todos se lleven bien. Rolón contestó con la calma de quien sabe que la pregunta tiene trampa: el objetivo depende de cada situación, dijo, y de paso quiso saber si estaba ante un grupo de personas que tenían que seguir trabajando juntas.
- Botto pidió que dejaran de llamarla "la nueva" y reveló que Pergolini suele confundir su nombre con Layla.
- El conductor justificó los errores apelando a su dificultad para retener nombres; ella no compró la explicación.
- Pergolini no acostumbra saludar a Botto con un beso, según la locutora, y Rolón aclaró que cada uno expresa el afecto a su manera.
- Soy Rada contó que Pergolini lo dejó de seguir en Instagram y se lo dijo en la cara, lo que él vivía como una pérdida simbólica.
- El conductor se excusó diciendo que las publicaciones de su compañero le resultaban aburridas; el humorista le contestó que podía silenciarlo.
Aristarán cerró con otro reclamo en tono de broma, esta vez sobre el trato que recibía y las actividades que le proponían hacer en el programa. Después, Pergolini dio por terminada la dinámica con un gesto de rendición genuina y retomó la entrevista como si nada hubiera pasado. Pero algo había pasado. La pregunta que me quedó dando vueltas cuando salí del estudio, con el olor a café todavía pegado en la ropa, es una que vale para cualquier oficina, redacción o redacción radial: qué lugar le damos al humor cuando convivimos laburando. Porque a veces, como se vio acá, una broma dicho en el momento justo dice más que cualquier análisis sentado en un sillón.
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