El miedo a volar se empieza a construir mucho antes de subir al avión, según un neurólogo
Conrado Estol repasó cómo la anticipación del embarque y las turbulencias en cielo claro alimentan la ansiedad, y propuso observar una aplicación de rastreo de vuelos para dimensionar la frecuencia con la que se viaja por el mundo.

En esta sala de espera donde tantas veces uno escucha el anuncio de un embarque postergado, suelo ver a los pasajeros mirar el techo como si fuera una pantalla donde se proyecta la película de sus preocupaciones, y la escena me recuerda de inmediato la explicación que Conrado Estol, neurólogo consultado por este portal, ofreció sobre el miedo a volar, un malestar que no aparece recién cuando la aeronave despega sino que empieza a construirse mucho antes, en los controles, en los trámites migratorios, en la sola idea de llegar tarde al aeropuerto, situaciones que la mente va asociando de manera progresiva con la ansiedad del viaje en cuestión y que terminan por teñir toda la experiencia previa al despegue, con esa sensación de nudo en el estómago que muchos lectores de entre cuarenta y sesenta años conocen perfectamente porque suelen ser quienes más vuelan por trabajo y quienes más acumulan estos pequeños disgustos que se repiten cada vez que toca embarcar.
Poner la emoción en contexto
Lo primero que planteó el especialista es que el cuerpo muchas veces reacciona con miedo a pesar de que uno tenga en la cabeza la información estadística sobre lo seguro que es volar, una especie de cortocircuito entre lo que se sabe y lo que se siente que el médico describió como propio de toda experiencia que resulta ajena a la vida cotidiana en tierra, y por eso su propuesta para empezar a desarmar ese circuito fue mirar una aplicación de rastreo de vuelos durante un rato, simplemente para tomar dimensión de cuántos aviones circulan en simultáneo por el mundo y para entender que el viaje propio es uno más dentro de un movimiento aéreo que ocurre a cada minuto, algo que me parece especialmente útil para los lectores más racionales, de esos que gustan de masticar las cifras antes de decidir si vale la pena preocuparse o no.
- Anticipación del embarque: los controles, la fila en migraciones y el temor a llegar tarde ya activan la ansiedad antes de subir al avión.
- Observar una app de vuelos: dimensionar cuántos aviones están en el aire al mismo tiempo ayuda a poner el riesgo en perspectiva.
- Turbulencias en cielo claro: el avión puede sacudirse aunque desde la ventanilla no haya nubes ni mal tiempo, porque las corrientes de aire en altura no siempre son visibles.
- Duración real: los episodios fuertes suelen extenderse durante segundos o pocos minutos, aunque la sensación subjetiva los agrande.
- Comparación útil: las tolerancias que aceptamos al viajar en tren son una referencia válida para calibrar las sacudidas en el aire.
Estol también distinguió, en su explicación, dos clases de turbulencias que vale la pena tener claras para no asustarse de más, por un lado las que aparecen cuando hay tormenta o mal tiempo cerca, que son las más intuitivas y las que los pilotos pueden identificar con sus herramientas meteorológicas para cambiar el recorrido si hace falta, y por otro lado las llamadas turbulencias en aire claro, que son movimientos que se producen sin nubes a la vista y que suelen desconcertar al pasajero porque la lógica indicaría que si el día está despejado no tendría por qué haber sacudidas, cuando en realidad la atmósfera se mueve en capas que nada tienen que ver con lo que se ve desde la ventanilla, una aclaración que al menos a mí me ordenó bastante las ideas porque siempre asocié las turbulencias con el cielo gris y me costaba entender por qué el avión se movía con sol radiante.
“El miedo no debería terminar condicionando los viajes o las vacaciones, porque para eso uno se toma el trabajo de tomarse unos días.”Conrado Estol, neurólogo
Otro de los puntos sobre los que el especialista hizo foco, y que creo importante rescatar para quienes solemos tomarnos un vaso de vino como autorregulación emocional antes de cada vuelo, es que el alcohol está absolutamente desaconsejado como estrategia para sobrellevar el miedo, ya que su efecto inmediato es engordar el problema en lugar de resolverlo porque el alcohol deshidrata, fragmenta el sueño y al día siguiente deja una resaca emocional que se suma a la fatiga propia del viaje, y por eso la recomendación concreta es evitarlo y, en todo caso, conversar el tema con un profesional de salud mental si la fobia empieza a limitar decisiones como aceptar un ascenso laboral, visitar a la familia lejana o tomarse esas vacaciones que tanto cuesta armar a lo largo del año.
Para atenderse por este tipo de miedos en la ciudad de Buenos Aires, los centros de salud mental de los hospitales públicos como el Borda, el Moyano y el Álvarez cuentan con servicios de psicopatología del adulto y, en algunos casos, con programas específicos para fobias, y los consultorios externos de los hospitales de comunidad como el Italiano y el Alemán ofrecen también consultas programadas en horario matutino, generalmente entre las 8 y las 13, donde se puede pedir turno llamando por teléfono o por la web institucional; en el resto del país, el Pami dispone de atención en salud mental para sus afiliados y las obras sociales provinciales suelen cubrir este tipo de consultas en sus centros de referencia.
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