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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Voces del Impenetrable

Voces del Impenetrable

El tipo que nunca dejó morir a su niño interior y terminó inventando un idioma propio

A más de tres décadas de su muerte, Jim Henson sigue siendo el titiritero que demostró que el humor absurdo y la ternura podían convivir en la tele. Un repaso por sus ideas, sus personajes y la pregunta que todavía nadie terminó de responder.

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Milagros ParedesCultura y espectáculos · · 6 min de lectura
El tipo que nunca dejó morir a su niño interior y terminó inventando un idioma propio

Lo primero que uno siente al mirar atrás la historia de Jim Henson es una especie de olor a utilería vieja, esa mezcla entre goma, tela y tempera que cualquier persona que haya pisado un teatro de títeres reconoce con los ojos cerrados. Y también un sonido, claro: esa risa corta y un poco rota que se le escapaba a la rana Gustavo cada vez que le preguntaban algo y no sabía qué contestar. Hay algo en esa combinación, entre el olor a escenario y la risa del personaje, que define mejor que cualquier biografía la filosofía de un tipo que empezó como titiritero a los diecisiete años y terminó construyendo uno de los universos más reconocibles del siglo pasado. De eso va esta nota, de las ideas que Henson dejó sembradas y de por qué todavía se siguen viendo en pantalla.

Un debut que duró tres semanas y un casamiento que duró toda la vida

La primera vez que Henson se subió a un set como titiritero tenía diecisiete años y el programa en cuestión fue levantado a las tres semanas. Si uno lo mira desde el mostrador de una redacción, parece el tipo de debut que termina en una gacetilla perdida del archivo. Pero él lo contó siempre al revés: como el punto de partida de un laboratorio exprés donde empezó a probar qué funcionaba y qué no con una audiencia chica. De esa experiencia salió, junto a Jane Nebel, la mujer con quien después se casó, el programa Sam and Friends, que fue el verdadero ensayo general de lo que después serían los Muppets. Lo que vino después ya lo sabemos: Barrio Sésamo, Fraggle Rock, largometrajes, especiales, giras, y un catálogo de personajes que se convirtió en patrimonio de Disney y de varias generaciones que crecieron hablando con un cerdo antropomórfico y un oso parlanchín.

La regla de oro: exagerar un solo rasgo

Lo que me resulta más interesante de Henson, y lo que más se discute cuando uno se pone a revisitar sus entrevistas, es que nunca teorizó desde un escritorio. Su método creativo estaba expuesto en frases cortas que parecen simples y que en realidad llevan una lógica muy precisa. Una de las que más se le cita dice así: Los personajes más interesantes que he creado tienen una fijación o un rasgo que podés exagerar. En lo que exagerás, se vuelve divertido y la gente ve ese rasgo en sí mismos. La idea, traducida al idioma llano, es que no hace falta inventar mundos complejos para que un personaje funcione: alcanza con tomar un defecto o una manía humana, llevarla un par de escalones más arriba del realismo, y dejar que el espectador haga el resto. Esa dinámica es la que sostiene, por ejemplo, a la Cerdita Peggy, que no deja de acumular cosas materiales por inseguridad, o a Gustavo, que reacciona ante cada situación con un despliegue de narcisismo que en cualquier persona adulta resultaría insoportable y que en el personaje se vuelve irresistible. La risa, para Henson, no era un fin en sí mismo sino una herramienta para poner las cosas en perspectiva. Era el vehículo, no el destino.

El absurdo como puerta de entrada a lo real

Hay otra frase suya que merece quedar resaltada, porque define bien qué entendía él por absurdo y por qué no lo usaba como recurso facilisto sino como una forma de acercarse a la realidad. Decía Henson que absurdo es tomar lo que es realmente la vida y llevarlo a una abstracción que la gente reconozca. La definición, si uno la piensa un rato, es casi una declaración de principios: el absurdo no es lo opuesto a lo real, es una manera de iluminar lo real desde otro ángulo. En Barrio Sésamo eso se nota en el ritmo de los sketches, en el humor físico, en la manera en que los números y las letras aparecen envueltos en canciones y en gags que no le hablan al chico como si fuera tonto. En Fraggle Rock se nota todavía más, porque el show entero está construido sobre un mundo paralelo donde las criaturas no se parecen a nadie pero todo el mundo se identifica con ellas. Esa abstracción era, según el propio Henson, lo que permitía que públicos tan distintos terminaran viendo en la pantalla cosas que les pertenecían.

La frase que sobrevuela toda su obra

Si hay una idea que recorre toda la carrera de Henson como una especie de hilo conductor, es la de no dejar morir al niño interior. La gente más sofisticada que conozco son todos niños por dentro, decía. Es una frase que aparece en tantas notas y reportajes sobre él que ya forma parte del manual básico para hablar de su figura. Pero a mí, que me toca escribir esta nota desde la sección de Cultura y Espectáculos y que hace un par de años tuve la suerte de cruzarme con una función de títeres en un festival del interior donde un grupo de jóvenes hacía básicamente lo que Henson hacía en los años cincuenta, la frase me vuelve una y otra vez. Porque lo que él proponía no era una consigna hippie ni un eslogan motivacional, era una regla de trabajo. Si te tomás en serio a los chicos y a lo que les hace reír o llorar, terminás haciendo un producto que también le habla a los grandes. Lo inverso también es cierto: si solo pensás en los grandes, perdés a los dos públicos en el camino.

La pregunta abierta que dejó su muerte

Henson murió en mayo de 1990, a los cincuenta y tres años, a causa de un choque tóxico originado por una infección bacteriana. Tenía una carrera en plena actividad, proyectos en desarrollo y, según sus colaboradores de la época, varias ideas que no llegaron a concretarse. Lo que quedó consolidado es bastante: una franquicia que Disney terminó incorporando a su catálogo décadas después, una forma de hacer televisión infantil que sigue siendo referencia del género, y un catálogo de personajes que sigue vigente en plataformas, en parques temáticos y en la memoria de varias generaciones. Pero lo que más me interesa, porque es lo que queda dando vueltas cuando uno termina de leer sobre su vida, es la pregunta que su propia trayectoria deja abierta: hasta qué punto el humor absurdo y la ternura siguen siendo una combinación viable en la televisión actual, o si el formato que Henson construyó ya no tiene equivalente. Porque, mirándolo bien, no abundan los productos pensados para chicos que de verdad no subestimen a los chicos, y mucho menos los que estén dispuestos a confiar en que el público adulto también se va a enganchar si el material está bien hecho. Ahí, en ese cruce, sigue viviendo el método de Henson, esperando que alguien lo siga usando con la misma seriedad con la que él lo trataba.

MP
Milagros ParedesCultura y espectáculos

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