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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Voces del Impenetrable

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La cámara como trinchera: la épica en tres tiempos de Patricio Guzmán sobre el Chile de Allende

El documentalista chileno reconstruye en una trilogía las tensiones que atravesaron el gobierno de Salvador Allende y desembocaron en el golpe que instaló a Pinochet. Una propuesta del Tercer Cine que combina el recinto del Parlamento con las asambleas obreras y las calles tomadas por la militancia.

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Milagros ParedesCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
La cámara como trinchera: la épica en tres tiempos de Patricio Guzmán sobre el Chile de Allende

A veces un documental empieza mucho antes de que se encienda la cámara. Empieza en el aire que se respira, en ese zumbido de las máquinas de escribir y de las voces que se cruzan apuradas en un pasillo. Yo lo entendí así cuando me senté a mirar La batalla de Chile, la obra descomunal del chileno Patricio Guzmán, un director que se propuso nada menos que filmar en tiempo real la caída de un gobierno y el nacimiento de una dictadura. Y lo hizo a lo grande: no con un film, sino con tres.

Porque la propuesta viene en tres partes que funcionan como capítulos de una misma novela política. La primera se llama La insurrección de la burguesía y muestra cómo los sectores económicos y políticos de derecha empezaron a organizar la resistencia contra el gobierno de Salvador Allende. La segunda, El golpe de estado, registra el día en que las Fuerzas Armadas terminaron con el gobierno constitucional. La tercera, El poder popular, se mete de lleno en las asambleas obreras, en los cordones industriales, en la organización desde abajo que intentaba responder a la crisis. Tres películas que, juntas, arman un rompecabezas donde no falta ninguna pieza.

Parlamento y fábrica, la misma historia

Lo que distingue a esta trilogía de otros documentales sobre el período es la decisión de Guzmán de meterse en dos mundos que suelen mirarse de reojo. Por un lado está el mundo institucional: el Parlamento, con sus bancadas cruzadas, sus discursos encendidos, sus votaciones que van definiendo el rumbo del país. Por el otro está el mundo del trabajo: las asambleas en las fábricas, los debates en los sindicatos, las discusiones de los trabajadores sobre qué hacer cuando el pan sube, cuando la derecha boicotea, cuando los militares se acercan.

Esa doble mirada es la que vuelve a la película tan viva. No es una reconstrucción de archivo con voz en off que te cuenta lo que pasó. Es una cámara que está ahí, en el momento en que las cosas suceden, registrando los matices: las peleas internas dentro de la propia izquierda, las distintas corrientes que apoyaban a Allende pero no se ponían de acuerdo en cómo avanzar, la violencia que empieza a filtrarse desde los sectores más extremos. Guzmán filma como quien escribe una crónica desde adentro, con la urgencia de saber que lo que está pasando puede cambiar el destino de un país entero.

Un cine que viene de lejos

Hay un dato de contexto que ayuda a entender por qué La batalla de Chile se ve como se ve. La película se inscribe en lo que se conoce como Tercer Cine, una corriente que surgió en Latinoamérica con la idea de romper con el modelo comercial de Hollywood y con el cine europeo más tradicional. Los cineastas del Tercer Cine entendían que la cámara podía ser una herramienta política, una forma de dar voz a los que no la tenían y de registrar procesos históricos desde una mirada comprometida.

Guzmán es uno de los nombres más importantes de esa tradición. Su trabajo se mueve entre el documental observacional y el ensayo político, con un montaje que busca que el espectador saque sus propias conclusiones. En La batalla de Chile, esa idea se nota: no hay un narrador que te diga qué pensar, hay imágenes, hay palabras dichas por sus protagonistas, hay silencios que también hablan. El documental se sirve de recursos cinematográficos, periodísticos y explicativos para armar un relato que es a la vez memoria y advertencia.

  • La obra se divide en tres películas: La insurrección de la burguesía, El golpe de estado y El poder popular.
  • La cámara registra los hechos en tiempo real, sin reconstrucción posterior.
  • Combina el ámbito del Parlamento con las asambleas obreras y la organización sindical.
  • Forma parte del Tercer Cine, una corriente latinoamericana que propone un cine políticamente comprometido.
  • Su director, Patricio Guzmán, es uno de los documentalistas más relevantes de Chile y de la región.

Cada vez que vuelvo a esta trilogía pienso en lo mismo: que el cine, cuando se pone al servicio de la historia, puede cumplir un papel que ningún libro de texto reemplaza. No es que reemplace a la historiografía, pero la vuelve carne, la vuelve gente hablando en una fábrica, diputado cruzando una puerta, un país entero discutiéndose en vivo. Y eso, para quienes no vivimos aquellos años, es casi un milagro: entender desde la butaca de un cine lo que se vivía en las calles de Santiago a principios de los setenta.

MP
Milagros ParedesCultura y espectáculos

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