La dieta nórdica que puede adaptarse a la mesa de cualquier barrio
Un análisis sobre 64.406 adultos suecos asoció este patrón alimentario con una reducción estimada del riesgo de muerte por cualquier causa, aunque los autores aclaran que no se trata de un ensayo clínico y que los resultados deben leerse con cautela. Aquí, qué incluye, qué deja afuera y cómo podría traducirse a productos locales.

Cuando uno atraviesa la puerta de una dietética en cualquier ciudad del conurbano bonaerense y pregunta por la dieta nórdica, la cara de la vendedora suele ser la misma: una mezcla de curiosidad y de no saber bien dónde poner la góndola. La nórdica —explicada en términos llanos— es un patrón de comidas que pone en el centro a los alimentos de origen vegetal, a las legumbres, a los cereales integrales, al pescado y a las grasas llamadas insaturadas (es decir, las que se encuentran en el aceite de canola, en los frutos secos y en los pescados grasos, y que a temperatura ambiente permanecen líquidas, a diferencia de las saturadas como la manteca). Lleva ese nombre porque fue pensada en los países escandinavos, pero lo cierto es que admite adaptaciones con alimentos locales y de estación, algo que cualquier cocinero de barrio sabe hacer aunque no lo llame así.
Ahora bien, ¿qué dice la ciencia al respecto? Un equipo encabezado por las universidades de Aarhus (Dinamarca) y Upsala (Suecia) decidió poner a prueba este patrón alimentario contra las llamadas Recomendaciones Nórdicas de Nutrición de 2023, y comparó los resultados con un escenario en el que no se implementaba ningún tipo de intervención alimentaria. Para eso trabajó con información de 64.406 adultos suecos de mediana y avanzada edad, relevada entre 1997 y 2019, y aplicó un método estadístico que permite estimar qué habría ocurrido si esa población hubiera sostenido distintas pautas de alimentación durante 24 años.
Qué se encontró y qué no se puede concluir
Lo que el análisis arrojó fue lo siguiente: en el escenario de máxima adherencia a la dieta nórdica saludable, el riesgo estimado de muerte por cualquier causa fue un 4 por ciento menor al calculado bajo las recomendaciones nórdicas de 2023, y un 6 por ciento menor frente a no hacer nada en particular. Son porcentajes modestos, y los propios autores se encargan de aclarar que no prueban que esa dieta prolongue la vida por sí misma: los participantes no fueron asignados a comer de una manera o de otra dentro de un ensayo clínico controlado, sino que se utilizó un método que compara escenarios hipotéticos y cuyos resultados dependen de supuestos.
Entre esos supuestos figura uno especialmente delicado: que no existan otros factores relevantes no medidos que expliquen una parte de la asociación observada. También es importante leer con cuidado el objetivo principal del trabajo, que estaba centrado en complicaciones hepáticas graves, y en ese punto, según lo que llegó a mis manos, no apareció un beneficio claro. Es decir: la señal más firme del estudio apunta a la mortalidad general, no a problemas específicos del hígado.
- Avena, legumbres, verduras y frutas de estación como base de la mesa diaria.
- Pescado incorporado cuando resulte accesible por precio y por hábito.
- Frutos secos y aceites vegetales en lugar de manteca y grasas saturadas.
- Reducción de carnes procesadas, ultraprocesados, bollería industrial y bebidas con exceso de azúcar.
- Productos típicos de Escandinavia como centeno, manzanas, peras, bayas, coles, zanahorias y remolachas, aunque pueden sustituirse por equivalentes locales.
Cómo llevar todo esto a una cocina porteña
La traducción práctica es más sencilla de lo que parece. Cambiar el pan blanco por pan integral o sumar avena en el desayuno, y reemplazar una porción de carne roja por lentejas, garbanzos o por un filete de merluza cuando el bolsillo y la pescadería lo permitan, ya es un paso en la dirección que el estudio insinúa. Las grasas insaturadas pueden venir de unas cucharadas de aceite de canola o de oliva, de un puñado de nueces o de la palta, todos productos que en la Argentina están al alcance sin necesidad de importar nada del norte de Europa.
Como siempre que se habla de salud, lo que funciona para una población sueca de mediana y avanzada edad no se traslada en forma automática a la mesa de un hogar argentino. La mejor recomendación sigue siendo conversar cualquier cambio alimentario importante con un profesional matriculado, que es quien puede evaluar la historia clínica y el contexto de cada paciente. Para quienes quieran asesoramiento nutricional en centros públicos de la Ciudad de Buenos Aires y alrededores, los hospitales públicos cuentan con servicios de nutrición que atienden de lunes a viernes, en general de 8 a 14 horas, con derivación previa del médico de cabecera; en tanto, en el conurbano bonaerense los hospitales provinciales y las salas barriales suelen ofrecer orientación alimentaria gratuita, también en horario matutino y por derivación del centro de salud de referencia.
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