La internet que ya casi no se recorre: cuando los robots lectores superan a las personas y nadie paga por lo que se llevan
Los agentes de inteligencia artificial recorren la red, se llevan lo que quieren y no dejan ni un centavo a cambio. Productores de contenidos, medios y plataformas empiezan a buscar reglas para un reparto que hoy no existe.

Pongámonos en una sala de espera cualquiera, en cualquier pueblo del interior, con un par de sillas de plástico dispuestas contra la pared y un ventilador de pie que gira sin convencer a nadie. Ahí, mientras alguien hojea una revista atrasada, lo que parece un gesto inofensivo -entrar a un sitio de noticias desde el celular- ya dejó de ser lo que era: cada vez menos personas llegan a las páginas que producen información y, en cambio, un ejército silencioso de agentes de inteligencia artificial las recorre, las lee y las absorbe sin que el lector humano siquiera aparezca por la puerta.
El dato de fondo es incómodo y conviene decirlo con todas las letras: el caudal de tráfico que hoy generan en internet los bots y los agentes automatizados de inteligencia artificial ya superó al que producen los usuarios de carne y hueso. Lo que durante décadas fue un acuerdo tácito y casi amable -los buscadores indexan páginas y, a cambio, mandan lectores que tal vez se suscriban o hagan clic en un aviso publicitario- se rompió, y la cuerda se cortó del lado de quienes producen el contenido.
Una internet doble, con una capa invisible
La situación va bastante más lejos que la proliferación clásica de bots o de scrapers (programas que copian contenido de forma automática). Los agentes de IA no solo son más numerosos que los visitantes humanos: generan volúmenes de tráfico incomparablemente mayores, porque ejecutan en paralelo múltiples tareas, en forma automática y en fracciones del tiempo que le llevaría a una persona. El resultado, como ya describen varios analistas, es una suerte de internet doble: por un lado, la capa que vemos cuando navegamos; por el otro, una capa paralela e invisible para el lector común, donde los agentes operan de manera continua, sin descanso y sin pedir permiso.
Para quien produce contenido, las consecuencias son tan concretas como preocupantes. Un agente no hace clic en un aviso publicitario (no genera una impresión facturable en términos de la industria), no completa un formulario de suscripción ni aporta el tráfico de referencia que permitía a los editores medir de dónde venían sus lectores. El contenido, en definitiva, es consumido, pero el intercambio económico que lo financiaba directamente no ocurre, y el déficit se acumula.
Frente a este cuadro, varias compañías vinculadas a la infraestructura web empezaron a trabajar en mecanismos que les permitirían a los creadores decidir qué bots pueden entrar a su contenido y bajo qué condiciones económicas. La idea, todavía en etapa de borrador, apunta a montar un mercado donde el uso de datos por parte de un modelo de IA implique una compensación concreta para quien los produjo. Hasta ahora, aclaremos, no existe un estándar consolidado ni una regulación global que lo vuelva obligatorio, aunque hay un antecedente que conviene tener a mano: Australia sancionó en 2021 una ley que obliga a las grandes plataformas digitales a negociar pagos con los medios de comunicación, y ese esquema es mirado de cerca por otros países.
La cuestión del tráfico de referencia, además, se enredó todavía más. Cuando un usuario llegaba a un sitio desde un buscador, el editor podía ver de dónde venía esa visita y, con eso, entender qué le funcionaba y qué no. Con los modelos de IA, esa trazabilidad se pierde: la consulta se responde en otro lado, la fuente queda fuera del circuito y el editor ni siquiera sabe que su trabajo fue utilizado. Es como si alguien copiara una receta familiar, la sirviera en su restaurante y no quedara ni una migaja en la mesa de origen.
A mí, que vengo siguiendo estos temas desde hace años, lo que más me inquieta no es el dato técnico del volumen de tráfico, sino lo que ese dato esconde: un corrimiento profundo en el reparto de valor entre quienes crean y quienes distribuyen. Si no aparecen reglas claras, el efecto no va a ser solo que algunos sitios cierren, sino que se desincentive de raíz la producción de información confiable, que es, en definitiva, lo que alimenta a esos mismos modelos. Y cuando el pozo se seca, no hay agente de inteligencia artificial que pueda sacar agua de donde no hay.
Para quienes quieran profundizar o llevar la discusión a su ámbito, algunas asociaciones de prensa y entidades de defensa del derecho de autor en la Argentina y la región suelen ofrecer charlas y asesoramiento gratuito sobre propiedad intelectual y uso de contenidos por sistemas automatizados. También las facultades de Comunicación de las universidades públicas organizan jornadas abiertas al público sobre estos temas, generalmente con entrada libre y gratuita, los días hábiles en horario vespertino. Conviene consultar las agendas de cada institución, porque la actualización en esta materia suele ser más rápida que la de cualquier manual.
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