Marta Fort afila los cuchillos antes de pisar la cocina de MasterChef Celebrity: clases diarias, diez comensales y una entraña como bandera
La hija de Ricardo Fort se prepara con un chef a puertas cerradas, prueba los platos en reuniones con amigos y se apoya en las carnes, su terreno firme, para debutar en el reality. Entre el streaming, la conducción y un sueño teatral, cuenta cómo entrena uno de los saltos más arriesgados de su carrera.

Vaya uno a saber qué perfume a manteca derretida y romero se habrá instalado en la cocina de Marta Fort estos últimos días, pero le juro que mientras ella me iba contando por teléfono cómo se prepara para MasterChef Celebrity, del otro lado de la línea se me armó un festival de olores que todavía no se va. Es que la chica, que ya se prueba el delantal de participante, se encerró con un chef para tomar clases todos los días, eligió las carnes como especialidad y, mientras ensaya, va convidando a comer a grupos de diez personas para escuchar de primera mano qué tal le salen los platos. La escena, si me permiten la confesión, me recuerda a esos versos del chamamé que dicen que «la cocina tiene memoria y la memoria tiene fuego», porque acá, en lo de Marta, hay fuego y de sobra: hay timidez por el jurado, hay ilusión por el debut y hay, sobre todo, un trabajo silencioso que no se ve en cámara.
Una rutina que mezcla clases, práctica y cenas de prueba
Lo primero que me quedó claro de la charla es que el entrenamiento no arrancó hace dos semanas ni quedó en un PowerPoint con fotocopias: Fort tomó la decisión de meterse de lleno y, desde que le confirmaron que estará en el reality, se sienta cada día frente a un chef particular para trabajar sobre recetas concretas. En esas prácticas, según me contó, aparecen los ajustes finos que uno suele dejar para el día del examen: cuánto de sal, cuánto de reposo, qué punto de cocción. Y ahí, en el mientras tanto, la cocina deja de ser una foto bonita y pasa a ser una sucesión de intentos.
Pero ojo, porque la preparación no se agota en el aula chica con el profesor. Marta tiene su propio termómetro de evaluación: las cenas que organiza con invitados. Reúne a diez personas, les sirve un menú que ya practicó en privado y se banca, con los dientes apretados, el veredicto de cada comensal. «Sirvo lo que ensayé antes y escucho los comentarios», resumió ella, con esa mezcla de orgullo y de vulnerabilidad que tienen los que se animan a poner la firma en un plato.
- Clases privadas con un chef, todos los días, desde que confirmó su participación.
- Cenas de prueba con diez invitados para escuchar devoluciones reales.
- Platos ya ensayados: pollo al verdeo y distintas carnes, su rubro más fuerte.
- Trabajo específico sobre la cantidad de sal y otros ajustes de receta.
- Una entraña como posible receta familiar, ligada a su infancia y a la memoria del padre.
“Me da timidez la devolución del jurado, pero voy a ir por todo.”Marta Fort
Los nervios del debut y el peso de los tres grandes
Si hay algo que la nota me dejó flotando es la foto mental de Marta Fort parada frente a una cocina con cámaras, luces y tres nombres que a cualquiera le tiemblan las manos: Maru Botana, Germán Martitegui y Damián Betular. Ella misma lo reconoció sin vueltas: le intimida la posibilidad de quedar a merced del criterio de esos tres especialistas. Y no es para menos, porque no estamos hablando de vecinos del consorcio: estamos hablando de jurados con años de recorrido, con paladar afinado y con una capacidad casi quirúrgica para decirte, con dos palabras, dónde te equivocaste. La propia Fort lo dijo con esa honestidad que a veces asombra: siente timidez, pero también se planta. Y esa combinación, se mire por donde se mire, es la mejor receta para no quedar en el molde del concursante promedio.
Streaming, conducción y un anhelo que vuelve desde la infancia
Ahora bien, sería un error leer esta incursión en MasterChef como un hecho aislado en la vida profesional de Marta, porque el salto a la cocina se monta sobre otras dos patas que ya vienen sosteniendo su presente: la conducción y el streaming. Fort tiene hoy un programa en una plataforma digital donde propone entrevistas, recibe invitados y, según me adelantó, hasta se anima a cocinar en vivo durante alguna emisión. Es un detalle menor para algunos, pero enorme para ella, porque significa que la cámara ya dejó de ser territorio ajeno y pasó a ser un espacio propio.
Y hay más, porque en la charla también apareció un deseo que, si uno la conoce, sabe que viene de lejos: el teatro. Marta reconoció que le gustaría probar la actuación y vinculó ese anhelo con las temporadas teatrales de su padre, Ricardo Fort, a quien evoca cada vez que habla de pisar un escenario. Aclaró que no tiene formación actoral profunda, pero también dijo que está dispuesta a encarar la experiencia. No hace falta ser adivino para entender que, detrás de esa declaración, hay algo más grande: la necesidad de habitar, aunque sea por un rato, los mismos pasillos que transitó el viejo.
Por ahora, lo concreto es lo que llena sus días: clases diarias con el chef, reuniones de a diez comensales que funcionan como jurado barrial, ajustes de sal y de cocción, y una entraña en el horizonte que carga, como pocas recetas, con el peso de la memoria familiar. Después vendrá la tanda de Botana, Martitegui y Betular, vendrá la exposición, vendrán los platos que se ganan el aplauso o se caen en la tanda. Pero mientras tanto, en esa cocina que no sale en cámara, Marta Fort está ensayando algo que a veces se olvida en los realities: que lo que se muestra el día del debut es apenas la punta del iceberg, y que debajo hay horas, fuegos, errores y cenas con amigos que se animan a decir la verdad. Y a mí, perdonen la confesión, eso me basta y me sobra para seguir mirando con expectativa.
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