Stallone se calzó el traje de Batman durante una hora y nada más: la historia jamás contada del cortometraje que sacudió la Comic-Con
En 2003, Sandy Collora convenció al actor de sumarse a un fan film sin presupuesto ni permisos. Mark Hamill aceptó ser el Joker, pero una visita a la casa de Stallone dinamitó todo. Esta es la crónica de un proyecto que murió antes de filmarse y del corto que igualmente vio la luz.

Arrancamos por un olor, porque así se entiende mejor lo que pasó: el olor a nafta del estacionamiento de la Comic-Con de San Diego en julio de 2003, mezclado con el runrún de miles de fans disfrazados que todavía no sabían lo que estaban a punto de ver. Yo estaba ahí, entre el público, cuando se proyectó Batman: Dead End, un cortometraje hecho con treinta mil dólares, sin un peso de Warner Bros. y con un Batman y un Joker desconocidos persiguiéndose por los suburbios de Gotham. Nadie sabía, todavía, que ese mismo corto había estado a punto de tener a Sylvester Stallone debajo de la máscara, ni que Mark Hamill había dicho que sí antes de bajarse también. La perlita se supo años después, cuando se estrenó el documental Behind the Mask: The Batman Dead End Story, donde el director Sandy Collora mostró las cintas con la negociación mano a mano con el astro de Rocky.
Una llamada, una pausa y un traje colgado en el placard
La historia empieza con una conversación que quedó registrada y que tiene la cadencia justa de un chamamé viejo, de los que se cantan bajito mientras se toma un vino: Collora le dijo que estaba preparando una pequeña producción de Batman, Stallone preguntó si los estudios podían meter la cuchara, y después de una de esas pausas que parecen eternas, respondió que sí. No era un capricho: el actor venía de una seguidilla de tanques en la pantalla y arrastraba las ganas de volver a un registro físico, de esos en los que se luce el cuerpo. Collora, que ya tenía el visto bueno de Hamill como Joker tras la serie animada de los años noventa, vio cómo se le alineaban las estrellas.
Acá hay que ser claros: ni Stallone ni Hamill ignoraban que Collora no tenía los derechos del personaje. Los dos aceptaron bajo una regla simple, que era el código de este tipo de proyectos: cero fotos, cero publicidad, discreción total, para que Warner no apareciera con los abogados antes de que el corto pudiera filmarse. La idea era que, una vez terminado, nadie pudiera reclamar nada sobre un material que ya estaba en la calle. Todo marchaba con esa lógica artesanal de fan film, de gacetilla que se mueve por fax y por teléfono.
- El director Sandy Collora llevaba meses armando el proyecto en secreto, sin un acuerdo formal con Warner Bros.
- Stallone aceptó el papel tras una llamada en la que preguntó si los estudios podrían involucrarse y obtuvo una pausa como respuesta
- Mark Hamill, voz del Joker en la serie animada, se sumó poco después, también al tanto de la falta de derechos
- El corto estaba pensado como una persecución callejera entre Batman y Joker, con un xenomorfo y un depredador como terceros en discordia
La prueba de vestuario que rompió el encanto
El punto de quiebre fue doméstico y, visto desde hoy, casi íntimo. El equipo de Collora fue a la casa de Stallone para una prueba de traje. En esa reunión, el actor les confió algo que había hecho a su alrededor, en su entorno profesional más cercano, y que no podía seguir callando. Casi de inmediato, confirmó que se bajaba. Hamill, que había aceptado por el peso del nombre y por el entusiasmo del proyecto, dio un paso al costado poco después. La perlita terminó así, sin firma de contrato ni comunicado, pero con dos de los actores más codiciados de Hollywood habiéndose probado la capa durante, literalmente, unas horas.
Stallone se fue del proyecto y se llevó consigo el aire de lo que pudo haber sido. Pero no cerró la puerta del todo, y eso también merece contarse: años después, cuando el guionista Frank Miller salió a decir públicamente que lo veía como un Batman maduro para una adaptación de El regreso del caballero oscuro, el actor recogió el guante y dijo que se identificaba con la situación del personaje, que si la energía seguía ahí podría ser una revelación. Quedó en palabras, no en imágenes, como pasa tantas veces en el mundo del espectáculo, donde las declaraciones amagan proyectos que después duermen el sueño eterno.
El corto se filmó igual, con otros actores y con el mismo espíritu de fanática callejera, y llegó a la Comic-Con ese mismo año para sorpresa de medio mundo. Después circuló gratis por internet y se convirtió en uno de esos objetos de culto que, justamente, sobreviven gracias al ruido del que nunca se hicieron. Yo lo vi en una pantalla chica, en un departamento prestado de Mar del Plata, y todavía me acuerdo del silencio de la sala cuando aparecía el xenomorfo: la concurrencia entendía que estaba viendo algo que no tenía derecho a existir y que, sin embargo, existía.
¿Y si Stallone se hubiera quedado?
La pregunta que sobrevuela todo este asunto es qué habría pasado si Stallone hubiera filmado ese Batman. ¿Habría cambiado la historia del cine de superhéroes, como nos preguntamos arriba? Probablemente no en el gran mapa de los blockbusters, pero sí en el calendario de 2003 y en la conversación cultural de ese verano. Un Batman de Stallone, físico, entrado en años, curtido, en un fan film clandestino con Hamill como Joker, habría sido un evento del que se seguiría hablando dos décadas después, que es exactamente lo que pasó, aunque la prueba de traje nunca haya pasado de la percha del living del actor. La historia del cine de superhéroes se alimenta tanto de los proyectos que se hacen como de los que se caen a último momento, y este caso es un ejemplo de manual.
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