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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Voces del Impenetrable

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"The Gentlemen" vuelve a la carga: Eddie Horniman ya no es el mismo aristócrata de la primera temporada

La serie de Guy Ritchie regresa con una entrega más oscura, con el Duque de Halstead decidido a expandir su imperio de cannabis y a sacudirse de encima la tutela del patriarca Bobby Glass, en una historia donde el poder empieza a cobrarse su propio precio.

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Milagros ParedesCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
"The Gentlemen" vuelve a la carga: Eddie Horniman ya no es el mismo aristócrata de la primera temporada

Hay algo que me gusta de arrancar una nota con el olor a pantalla caliente después de comer un asado de domingo: la promesa de que todavía queda algo de fierro para mirar una serie con los ojos bien abiertos. Y eso me pasó con la segunda temporada de "The Gentlemen", que vuelve a Netflix con Theo James otra vez en la piel del Duque de Halstead, pero con una versión del personaje que ya casi no se parece al aristócrata que se metió en el negocio del cannabis casi por accidente, como quien pisa una rama en el monte y no sabe qué bicho se le puede venir encima.

Yo confieso que la primera temporada la vi con la sensación de estar mirando una película de Guy Ritchie estirada en ocho capítulos, con todo lo bueno y lo exagerado que eso implica: el humor negro a la inglesa, la violencia de manual, los diálogos que parecen sacados de un guión viejo de los noventa. Pero esta nueva entrega me encontró con el cuaderno abierto y la expectativa de ver hasta dónde era capaz de llevar Ritchie a Eddie Horniman sin que la cosa se le fuera de las manos, que es un riesgo real cuando uno promete ir "más oscuro". Y lo cumple, aunque no siempre como uno espera.

Un salto hacia atrás para entender el barro del final

Acá viene un truco narrativo que vale la pena marcar: la segunda temporada arranca tres meses antes del momento en que la primera lo dejó, cuando vemos a Eddie malherido, arrastrándose por un campo embarrado. En vez de empezar por ese desenlace y continuar, Ritchie decide retroceder y mostrar el camino que llevó al Duque hasta ahí, como si uno pudiera caminar al revés por una huella y entender dónde aflojó el paso.

En ese recorrido, Eddie ya está integrado de lleno al imperio de la familia Glass y mantiene una relación cada vez más estrecha con Susie Glass, la hija del patriarca Bobby. La ambición del personaje se vuelve explícita: quiere recuperar tierras alrededor de la finca familiar y llevar las operaciones de cannabis más allá de las fronteras del Reino Unido. Para eso necesita moverse con pies de plomo entre el negocio legal, la política británica y los nuevos acuerdos con actores del crimen internacional, un equilibrio que en cualquier serie de mafiosos suele terminar como terminan los asados de mi suegra, con alguien comiendo y alguien mirando desde un rincón.

Bobby Glass, el patriarca que ya está en otro canal

Uno de los ejes más interesantes de la temporada es la relación entre Eddie y Bobby Glass, interpretado por Ray Winstone con esa presencia de oso grande que tiene el actor inglés. Bobby está más preocupado por su despertar espiritual y por sus negocios paralelos que por adaptar el imperio cannábico a un escenario que cambió mientras él miraba para otro lado. Esa distancia entre el viejo capo y la nueva generación es la mecha que enciende varias de las mejores escenas de la temporada, y donde Eddie empieza a entender algo que, en el fondo, aplica para cualquier mesa de poder: sus buenos modales pueden leerse como debilidad, y acumular poder real implica dejar de permitir que otros decidan por uno.

Ritchie mantiene intactos los elementos que hicieron reconocible a "The Gentlemen": el espectáculo visual con esa cámara que se pasea por las mansiones como si fueran catálogos, la violencia estilizada que parece salida de un videoclip y el humor negro que aparece en los lugares menos pensados, a veces en medio de una escena de tortura, lo cual es una marca registrada del director que a mí, personalmente, me sigue arrancando una sonrisa culpable. Pero lo que me terminó de convencer de la temporada es que toda esa pirotecnia está puesta al servicio de una pregunta bastante seria: qué le pasa a una persona cuando empieza a acumular poder y, al mismo tiempo, a perder la posibilidad de dar marcha atrás. Eddie gana control sobre su entorno a medida que se parece menos al hombre que era al empezar la serie, una transformación que recuerda, mutatis mutandi, a la de esos personajes clásicos del género que empiezan siendo simpáticos y terminan mirándose en el espejo sin reconocerse, como un chamamé mal tocado que empieza hermoso y va torciéndose nota por nota hasta dejar un sinsabor en la boca.

¿Hasta dónde puede llegar Eddie Horniman antes de que el costo de ese camino resulte irreversible? Es la pregunta que deja abierta Ritchie en este segundo arco, y es también la que me llevo yo a la mesa, entre el ruido de los cubiertos y el runrún de una familia que todavía cree que ver una serie inglesa de mafia es una forma de descanso. Spoiler: no lo es, y menos cuando el barro del final ya se ve venir desde el primer capítulo.

MP
Milagros ParedesCultura y espectáculos

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