Tomarse la presión, un gesto chico que puede cambiar una historia grande
En la Argentina, más de un tercio de los adultos convive con hipertensión y casi cuatro de cada diez lo ignora. Los controles periódicos, la alimentación y el movimiento cotidiano se vuelven aliados para detectar a tiempo una condición que suele avanzar sin dar señales.

Lo que voy a contar acá lo escuché en el puesto de salud del paraje San Eduardo, en Formosa, donde doña Tomasa Cabrera, una wichí de 58 años que hace décadas controla su presión en la sala del pueblo, me dijo mientras se acomodaba en el banco de la galería: «Yo me enteré de que tenía la presión alta un día que fui a buscar los remedios para mi nieto, y la enfermera me dijo que me sentara un rato. Si no me sentaba ese día, capaz seguía caminando sin saber nada». Esa frase me parece que resume, mejor que cualquier cifra, lo que está pasando en la Argentina con la hipertensión: una condición que avanza en silencio, que golpea a más de un tercio de los adultos y que, sin embargo, todavía se descubre tarde en los consultorios de Bernal, de Libertador General San Martín, de Presidencia Roque Sáenz Peña, de Cutral Co, de Villa Gesell, de todas las ciudades y de todos los pueblos donde la gente va postergando ese control tan sencillo que dura menos de un minuto.
Por qué medirse, aunque uno se sienta bien
La hipertensión arterial es una de esas condiciones que en sus primeras etapas casi no avisa: puede instalarse sin dolor de cabeza, sin zumbidos en los oídos, sin esa sensación de mareo que uno relaciona con tener la presión alta, y durante meses, o años, ir trabajando en silencio sobre las arterias, sobre el corazón, sobre los riñones, sobre el cerebro. Por eso, esperar a tener un síntoma para sentarse a tomarse la presión es, en la práctica, dejar la detección en manos del azar, y el azar, en materia cardiovascular, no suele ser un buen consejero. Lo que la medicina tiene claro, y lo que repite cada guía clínica, es que la única manera fiable de conocer los valores es midiéndolos, y que hacerlo periódicamente no duele, no lleva más de unos pocos minutos y le da al paciente y al médico una información que de otro modo simplemente no existiría.
- Medirse la presión en casa o en el centro de salud, al menos una vez al año si los valores son normales y con la frecuencia que indique el médico si ya hay diagnóstico.
- Reducir el consumo de sal: leer etiquetas, cocinar con menos sodio y evitar el salero en la mesa son gestos pequeños con impacto concreto.
- Sostener una alimentación equilibrada, con verduras, frutas, legumbres, pescado y poca grasa saturada.
- Hacer actividad física de manera regular, adaptada a la edad y a las posibilidades de cada persona, incluso caminatas de treinta minutos varios días por semana.
- Atender el estrés crónico, porque también pesa sobre los valores de presión.
- Tomar la medicación indicada todos los días, en el horario y la dosis que el profesional haya señalado, y no abandonarla porque uno se siente bien.
Las cifras que cuenta el Registro Nacional
Cuando uno mira los números que arroja el Registro Nacional de Hipertensión Arterial, lo que aparece es un escenario que justifica tomarse en serio el tema: el 36,3 por ciento de los adultos mayores de 18 años en la Argentina tiene hipertensión, lo que traducido a personas significa cerca de 12 millones de compatriotas que conviven con presión elevada, y de ese total, casi cuatro de cada diez lo ignoran, caminan por la vida con la presión alta sin haber recibido un diagnóstico, sin haber empezado un tratamiento, sin haber modificado la sal del guiso. La situación se vuelve más preocupante cuando se mira lo que pasa con quienes ya están en tratamiento: apenas alrededor del 44 por ciento logra mantener los valores controlados, lo que quiere decir que más de la mitad de los pacientes tratados convive con cifras por encima de lo recomendado, y eso es, justamente, el terreno donde se siembran los infartos y los accidentes cerebrovasculares.
El problema, además, no es únicamente argentino. El segundo informe mundial sobre hipertensión arterial que publicó la Organización Mundial de la Salud en 2025 muestra que 1.400 millones de adultos en el mundo viven con presión elevada y que solo uno de cada cinco la tiene en valores adecuados, una cifra que pone en perspectiva lo que pasa en el país y que muestra que la hipertensión es, antes que nada, un desafío de salud pública global que toca a los sistemas sanitarios, a las comunidades y a cada persona en su casa.
Lo que la comunidad pide y a quién se lo pide
Lo que la comunidad viene pidiendo, y lo que en cada taller de salud del barrio de Villa Soldati, de La Matanza, de General Pico, de Añatuya, de Lago Puelo y de El Bolsón repite la gente con la que me cruzo en las coberturas, es bastante concreto: que los centros de salud tengan tensiómetros calibrados y en funcionamiento, que se garantice la entrega regular de medicación, que se sumen más enfermeros y enfermeras que salgan a medir la presión casa por casa, especialmente en los parajes donde las familias Wichí, Qom, Mapuche, Toba, Diaguita y de tantos otros pueblos indígenas suelen estar más lejos de los centros de atención. Esas demandas, que las comunidades formulan en las reuniones con las autoridades sanitarias provinciales y con la Dirección Nacional de Enfermedades Crónicas No Transmisibles, apuntan a cerrar la brecha entre quienes saben que tienen hipertensión y quienes todavía no lo saben, y a mejorar el porcentaje de pacientes que, una vez diagnosticados, logran mantener los valores bajo control.
Tomarse la presión, entonces, no es un trámite más: es el primer paso para que esa historia silenciosa deje de avanzar a oscuras. Si en su familia hay antecedentes, si consume mucha sal, si fuma, si lleva una vida más sedentaria de lo que quisiera o si simplemente cumple años y nunca se la controló, este puede ser un buen momento para sentarse un rato en el puesto de salud del barrio, como hizo doña Tomasa aquella tarde en San Eduardo, y dejarse medir la presión, porque a veces el gesto más chico es el que termina cambiando una historia grande.
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