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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Voces del Impenetrable

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Un viaje al corazón del Malacara: la geología que se camina en el sur mendocino

En el paraje La Batra, la familia Quezada administra el ingreso al volcán y ofrece una caminata que atraviesa dos de sus tres cárcavas hasta un mirador con vista a la laguna de Llancanelo. La geóloga Corina Risso reconstruyó la historia de esas paredes de colores que hoy se convierten en atractivo turístico.

NC
Norma CharoleComunidades y derechos · · 4 min de lectura
Un viaje al corazón del Malacara: la geología que se camina en el sur mendocino

A quien le pregunte cómo se llega hasta el volcán Malacara, doña Marta Quezada le responde sin dudar, con la tranquilidad de quien conoce cada accidente del campo desde chica: «hay que tomarse el tiempo, porque una vez que uno entra en La Batra empieza a sentir que el paisaje lo envuelve, y eso no se apura». En el paraje La Batra, a pocos kilómetros de Malargüe, su familia administra desde hace años el único acceso permitido a ese volcán del sur mendocino, y la frase le sale casi como un mapa emocional de lo que viene después. Yo fui anotando lo que se ve y lo que se cuenta, porque vale la pena entender qué hay detrás de esas paredes amarillas y negras que tanto llaman la atención.

El recorrido propone caminar por el interior del Malacara, atravesando dos de las tres cárcavas que tiene en su parte alta y subiendo hasta un mirador desde el que se distingue, a lo lejos, la laguna de Llancanelo. A medida que uno avanza, el piso cambia de color, las paredes se ondulan como si las hubiera modelado una mano paciente, y la luz se filtra desde arriba por las aberturas superiores, dejando pasar un aire frío que circula entre las grietas. Los tres cráteres del volcán quedan prácticamente ocultos para quien lo recorre desde abajo, tapados por la forma del terreno y por la vegetación que se aferra a las laderas.

Una historia escrita en colores

Los colores que se ven durante la caminata no están ahí por casualidad: cuentan, piedra por piedra, cómo se fue armando el Malacara. Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, sostiene que el volcán se formó por la interacción del magma con el agua, probablemente de una antigua laguna que ocupaba la zona. Ese encuentro fragmentó la lava, y la alteración posterior de los materiales es la responsable de buena parte de las superficies amarillas que tanto sorprenden en el recorrido.

Cuando el agua dejó de intervenir en la erupción, la actividad continuó y se fueron acumulando materiales oscuros sobre los anteriores, generando los depósitos negros que hoy se observan encima de los amarillos. Mucho después, la erosión provocada por el agua y por el viento se encargó de abrir los corredores que hoy se caminan. Esos depósitos son frágiles, se desgranan al tacto, y por eso la visita pide no arrancarlos ni llevárselos: lo que se ve allí es el resultado de miles de años y se mantiene gracias a que los visitantes lo respetan.

De campo ganadero a propuesta turística

Antes de que existiera la caminata, en ese sector del campo la familia Quezada criaba animales, como tantas otras familias de la zona. El cambio empezó a gestarse en 2000, cuando la geóloga Corina Risso llegó al lugar con la ayuda de Alberto «Beto» Quezada, que conoce el terreno de memoria. Dos años más tarde, en 2002, Risso presentó sus investigaciones en Malargüe, mientras la familia empezó a trabajar con guías locales para abrir el lugar a los visitantes. Lo que en un principio fue un descubrimiento científico se fue transformando, de a poco, en una salida de aire libre que hoy convoca a turistas de distintos puntos del país.

El acceso también fue cambiando con los años. Las primeras salidas se hacían a caballo, por senderos del propio predio, y había que tener cierta maña para orientarse entre las laderas. En 2006, una antigua huella petrolera permitió ingresar primero con una camioneta y después con maquinaria, lo que hizo posible acondicionar el camino para que hoy se pueda llegar de manera más cómoda, aunque sin perder el carácter de una salida de campo. Para mí, que sigo de cerca cómo estas comunidades rurales van encontrando en el turismo un complemento de su economía, lo de los Quezada es un ejemplo de cómo se puede cuidar un recurso sin dejar de abrirlo al público.

  • Punto de partida: paraje La Batra, cerca de Malargüe, en el sur de Mendoza.
  • Recorrido: atraviesa dos de las tres cárcavas del volcán Malacara y culmina en un mirador con vista hacia la laguna de Llancanelo.
  • Paisaje: paredes onduladas, roca amarilla, depósitos negros y luz filtrada desde las aberturas superiores.
  • Acompañamiento: guías de Malargüe trabajan junto a la familia Quezada, que administra el acceso al campo.
  • Recomendación: no tocar ni desprender los depósitos volcánicos, ya que son frágiles y se desgranan con facilidad.

La propuesta combina una caminata, la observación detallada de las formaciones y una vista abierta del paisaje desde el mirador. Como le escuché decir a Beto Quezada mientras acomodaba los caballos, «uno acá viene a aprender mirando, y se va entendiendo algo más de esta tierra que nos toca cuidar». La comunidad de La Batra, que durante años vivió de la actividad ganadera, le pidió a la Universidad de Buenos Aires y a las autoridades de Malargüe que el lugar se siga cuidando con investigación y con turismo responsable, para que el Malacara pueda recorrerse sin perder lo que lo hace único: su historia geológica escrita en colores.

NC
Norma CharoleComunidades y derechos

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