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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Una jubilada de Lobos recorre sola la Ruta 40 en una Berlingo adaptada y se convierte en referente de los viajes low cost por el país

Delia Torres, de 63 años, dejó de armar itinerarios para terceros y empezó a vivir los pueblos argentinos desde adentro. Sacó la butaca del acompañante de un Renault 11 del 91, armó una cocina sobre la luneta y lleva un inodoro químico. Hoy viaja en una Citroën Berlingo y ya pasó por Las Grutas, Misiones, Iruya y el norte de Catamarca.

LG
Leandro GómezAmbiente y agua · · 5 min de lectura
Una jubilada de Lobos recorre sola la Ruta 40 en una Berlingo adaptada y se convierte en referente de los viajes low cost por el país

Leandro Gómez, Ambiente y agua – Para Delia Torres, cada cartel al costado de la carretera fue durante años una pregunta sin respuesta. Sabía vender destinos ajenos porque durante mucho tiempo se dedicó a organizar viajes de turismo para terceros, pero los nombres de los pueblos que desfilaban por las ventanillas de los micros le quedaban afuera. La pandemia terminó de mover una decisión que ya estaba en germen: en 2019 se había instalado en el campo, cerca de la Ruta 41, en las afueras de Lobos, y cuando empezaron a levantarse las restricciones vio pasar casas rodantes frente a su propiedad. Ahí entendió que el modo de conocer la Argentina que siempre había querido estaba, literalmente, pasando por la puerta de su casa.

De un Renault 11 del 91 a una Berlingo con cocina en la luneta

Sin motorhome propio ni presupuesto para acceder a uno, Delia se volcó a YouTube, donde descubrió a una comunidad de viajeros que adaptaban autos convencionales para convertirlos en viviendas sobre ruedas. El primer experimento fue con un Renault 11 modelo 1991, un vehículo que ya tenía pero que nunca había imaginado como casa. La transformación fue artesanal: probó con almohadones y un catre viejo, midió cada hueco disponible y terminó por sacar la butaca delantera del lado del acompañante para instalar allí una cama de una plaza con espacio de guardado debajo. En la luneta trasera armó una cocina mínima, con anafe y bidones de agua potable; del lado opuesto, en el mismo baúl, sujetó un inodoro químico portátil. La convivencia entre los tres usos —dormir, cocinar y hacer sus necesidades— quedó resuelta en poco más de un metro y medio de habitáculo.

Antes de lanzarse a rutas largas, otros viajeros conocidos por redes le recomendaron empezar con tramos cortos para probar el conjunto del vehículo y de la idea. En 2021 aceptó la sugerencia y se presentó en un encuentro de rodanteros en General Belgrano, a unos 100 kilómetros de Lobos. Allí descubrió una dinámica que hasta entonces desconocía: la de los grupos de ayuda en ruta, donde un conductor puede pedirle a otro que esté en las cercanías que se acerque a asistirlo, le recomiende un mecánico de confianza o le indique un lugar seguro para pasar la noche. Esa red informal, construida sobre WhatsApp y foros de viajeros, terminó siendo tan importante como el estado mecánico del auto.

Las Grutas, los Saltos del Moconá y una niebla que se fue al mediodía

El primer viaje largo fue a Las Grutas, en Río Negro, donde permaneció unos 15 días fuera de casa. La experiencia le confirmó que la autonomía era viable y que el esquema de paradas funcionaba. En 2023 armó una segunda salida hacia Chajarí, en Entre Ríos, pero el recorrido se le fue estirando solo, pueblo tras pueblo: pasó por Corrientes, entró a Misiones, llegó hasta las Cataratas del Iguazú y volvió por la costa del río Uruguay. En el camino se detuvo en Yapeyú y se desvió hasta El Soberbio para conocer los Saltos del Moconá. El cuadro climático la obligó a esperar: cuando llegó, la niebla tapaba por completo los saltos y hubo que esperar hasta el mediodía para que se despejara. La espera, dice, valió la pena. En ese mismo viaje se animó a subir a un gomón, una experiencia que ella misma describe como una de las más memorables del recorrido.

En 2024 la escala se amplió hacia el norte argentino. Recorrió parte de la Ruta 40, llegó a Jujuy y empujó la travesía hasta Iruya. El tramo final demandó alrededor de 40 días. En Catamarca se topó con un límite físico del vehículo: decidió no continuar hacia el Campo de Piedra Pómez porque el auto no respondía en la subida y el viento en contra hacía imprudente el intento. La decisión, más que un fracaso, fue una muestra de cálculo: priorizar el regreso seguro por encima del paisaje pendiente.

Cómo sumarse a la ruta sin motorhome ni presupuesto alto

Lo que Delia Torres muestra con su periplo es que existe un escalón intermedio entre el viaje en auto convencional con hotel y la compra de un motorhome, que en el mercado argentino puede superar los cien mil dólares. La clave, según reconstruyó a partir de su propia práctica, pasa por adaptar un vehículo existente —hoy usa una Citroën Berlingo también acondicionada— y por apoyarse en las comunidades de viajeros que se nuclean en redes sociales y encuentros zonales como el de General Belgrano. Para el lector que esté evaluando una experiencia similar, la hoja de ruta que surge de su caso es concreta:

  • Elegir un auto chico ya conocido mecánicamente, medir cada hueco disponible y definir primero dónde se va a dormir, antes que dónde se va a cocinar.
  • Empezar con trayectos cortos, de 80 a 120 kilómetros, para probar el conjunto del vehículo y la convivencia con un habitáculo reducido.
  • Llevar un inodoro químico portátil y bidones de agua separados para cocina e higiene, ya que no siempre se consigue lugar en campings con sanitarios.
  • Sumarse a grupos de ayuda en ruta a través de redes y encuentros regionales, que funcionan como red de auxilio mecánico y de orientación para pernoctar.
  • Evaluar el estado del vehículo antes de cada salida larga y no forzar trayectos en pendientes pronunciadas con viento en contra, dos condiciones que comprometen la seguridad en rutas de montaña.

El plan inmediato de Delia es seguir subiendo hacia el norte argentino con la Berlingo, animada por el hecho de los caminos que ya conoce y de los que todavía no. Para los lectores de 40 a 60 años que estén repensando su vínculo con los viajes —y con el dinero que esos viajes demandan—, el caso de Torres ofrece una alternativa concreta: no hace falta comprar una casa rodante nueva para recorrer el país. Hace falta un auto en buen estado, algo de ingenio para adaptarlo y la decisión de empezar, aunque sea, con un viaje corto.

LG
Leandro GómezAmbiente y agua

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