Una mano que calma: lo que la ciencia sabe sobre el poder del contacto físico
Una caricia, un abrazo o simplemente tomarse de la mano pueden modificar lo que siente el cuerpo ante el miedo y la angustia. La neurocientífica Paula Salamone recorre qué pasa en el sistema nervioso, por qué no es lo mismo tocar a otro que tocarse a uno mismo y cuánto pesa la cultura a la hora de acercarse.

Imaginate la sala de espera de un consultorio un martes a las diez de la mañana. Hay una niera que se abraza a las piernas de su vieja, un abuelo que le pasa la mano por el brazo a su mujer mientras le repite que ya van a atenderlos y una chica que se retuerce un mechón de pelo entre los dedos mirando el techo. Nadie dijo una palabra médica y, sin embargo, en esa sala está pasando algo que la neurociencia estudia con seriedad: el contacto físico funciona como una llave que regula emociones y baja los niveles de ansiedad y de miedo.
Así lo explicó la doctora en Neurociencias Afectivas Paula Salamone, investigadora que viene trabajando hace años en cómo los estímulos que llegan a la piel dialogan con el cerebro, con la médula espinal y con el resto del organismo. Para la especialista, tomar la mano de alguien, abrazarlo o acariciarlo no es un gesto decorativo: es una forma concreta de acompañamiento que interviene en la regulación emocional y que puede modificar respuestas fisiológicas asociadas al estrés. En los más chicos, agregó, ese acto de tomar la mano de un adulto fue especialmente estudiado porque aparece asociado a una disminución del temor.
Qué pasa en el cuerpo cuando alguien nos toca
Cuando una mano se posa sobre otra mano, el sistema nervioso entra en escena. Salamone lo describe como un intercambio: en la piel hay receptores que reciben el estímulo, lo traducen y lo mandan hacia el cerebro, mientras el cerebro devuelve una respuesta que recorre el cuerpo. Una caricia lenta, un abrazo firme o un masaje pueden modificar la presión arterial, el ritmo cardíaco y la tensión muscular, y empujar al organismo hacia estados de mayor relajación. No es magia ni es sugestión: es un circuito biológico que la ciencia empieza a mapear con detalle.
Pero no todo contacto es igual. Existe una diferencia clave entre tocarse a uno mismo y ser tocado por otro. Salamone lo resume con un ejemplo sencillo: cuando uno se acaricia el pelo o se pasa la mano por la barba, el cerebro predice ese movimiento porque lo genera el propio cuerpo. La sensación llega, pero atenuada por la anticipación. En cambio, cuando el contacto viene desde afuera, queda un componente de incertidumbre que cambia la intensidad de lo que se siente y, sobre todo, el significado emocional del gesto.
- Tocarse a uno mismo: el cerebro anticipa el movimiento y la sensación pierde fuerza. Reduce el impacto emocional porque el estímulo es predecible.
- Ser tocado por otro: hay sorpresa y significado social; el cerebro procesa la caricia como un mensaje del entorno, no como un acto propio.
- Cosquillas propias: casi no hacen reír porque el cuerpo sabe dónde, cuándo y cómo se va a producir el contacto.
- Cosquillas ajenas: activan la risa y el juego porque combinan estímulo físico e intercambio con otra persona.
Las cosquillas, justamente, sirven para entender esa frontera. Si uno intenta hacérselas solo, la risa aparece con esfuerzo: el cerebro ya adivinó el recorrido de la mano. Si las hace otro, la sorpresa se cuela y la risa sale más fácil, además de que el gesto se inscribe en el terreno del juego y de lazo social. Salamone lo enmarca como una muestra clara de que el contacto humano nunca es solo físico: también es comunicación.
La cultura marca a qué distancia nos paramos
Si te parás a pensarlo, te das cuenta de que la cercanía física se negocia todo el tiempo, aunque nadie lo hable en voz alta. Salamone contó que cuando hizo parte de su trabajo de investigación en Suecia, conversar con un colega a tres metros de distancia era algo de todos los días, sin que eso significara frialdad ni distancia emocional. La especialista fue clara al respecto: las diferencias culturales en el espacio personal no implican que se sientan emociones distintas, sino que cada sociedad aprende otras formas de expresarlas y de vincularse. En Argentina, por ejemplo, los abrazos y los besos forman parte del saludo cotidiano; en otros lugares, mirar a los ojos y mantener una distancia prudente es la manera habitual de demostrar respeto.
Esa misma línea de pensamiento guía su trabajo actual en el país. Salamone integra el equipo Tango-i Lab, donde se estudia la relación entre el contacto físico y los síntomas de despersonalización, una experiencia en la que la persona siente que su cuerpo le resulta ajeno o irreal. El grupo también se pregunta si la falta de interacción física durante los aislamientos por la pandemia dejó huellas emocionales que todavía estamos procesando. Por ahora, dijo, es una pregunta de investigación: todavía no hay respuestas cerradas, pero la sospecha es que el cuerpo y la mente registran esos períodos de distancia.
Volvamos a la sala de espera del principio. La niera que se prende de las piernas de su madre, el abuelo que le acaricia el brazo a su mujer, la chica que se enrosca el pelo: los tres están usando el contacto como recurso, sin saberlo, para calmar lo que sienten. A veces alcanza con una mano amiga en el pasillo del hospital, otras veces con un abrazo largo en la cocina de casa. La recomendación, si te toca acompañar a alguien que está asustado o angustiado, es tan simple como parece: ofrecer una mano abierta, sin forzar, y dejar que el cuerpo haga el resto. Y si lo que necesitás es atención profesional por cuadros de ansiedad o de despersonalización, en la mayoría de los hospitales públicos de Buenos Aires los servicios de salud mental atienden de lunes a viernes de 8 a 14, y en los centros de atención primaria podés pedir turno durante toda la jornada para empezar un tratamiento.
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