A los 93, Ellen Burstyn muestra que moverse es un proyecto de todos los días: lo que la ciencia dice sobre combinar caminata y fuerza
La actriz pasea a su perro, va al gimnasio y entrena con un preparador físico, aunque convive con artritis y dos fracturas de muñeca. Especialistas aclaran por qué caminar no alcanza y cómo adaptar un circuito breve de resistencia sin lesionarse.

La sala de espera de un consultorio geriátrico del barrio de Belgrano suele tener la misma escena de siempre: una señora de más de ochenta años sentada junto a un hijo que le sostiene el bolso, mientras hojea una revista del año anterior. La traigo a colación porque, cada vez que hablo de actividad física en la vejez, pienso en esas pacientes que llegan con una indicación médica ambigua —«camine un poco»— y se van a casa con la sensación de haber cumplido, aunque lo único que hicieron fue dar vueltas a la manzana. Por eso la rutina de Ellen Burstyn, la actriz estadounidense de 93 años que pasea a su perro, concurre al gimnasio y entrena con un preparador físico, resulta una oportunidad para revisar qué distingue a una caminata diaria de un trabajo de fuerza pensado para sostener el cuerpo en la vida cotidiana.
Porque caminar, aunque valioso, no reemplaza de manera automática al entrenamiento de fuerza y equilibrio, y ésa es la distinción central que permite entender por qué la experiencia de Burstyn aparece cada vez con más frecuencia en los consultorios de medicina del deporte. «Camino todos los días, hago ejercicio en el gimnasio y me cuido», contó la propia actriz al repasar sus hábitos, una frase breve que, leída con atención, condensa tres decisiones distintas que se complementan en lugar de superponerse.
Una historia con antecedentes que obligan a matizar
Conviene, sin embargo, no tomar esos hábitos como una receta trasladable a cualquier persona. Burstyn tuvo dos fracturas de muñeca a lo largo de su vida, usa una férula (una pieza ortopédica que inmoviliza la articulación para aliviar el dolor y proteger la zona) en una de sus manos y convive con artritis, esa inflamación crónica de las articulaciones que suele traducirse en rigidez matutina, dolor al mover los dedos y limitaciones para girar objetos pequeños. Esos antecedentes son los que vuelven prudente la recomendación general que repiten los especialistas: quienes hayan sufrido lesiones, arrastren dolores persistentes, tengan enfermedades crónicas o dificultades para mantener el equilibrio necesitan asesoramiento antes de empezar a entrenar fuerza, y esa consulta puede canalizarse a través del médico de cabecera, de un kinesiólogo o de un profesional capacitado en ejercicio, sin que ninguna de esas figuras reemplace a las otras.
El dato no es menor: según explicó Matthew Kampert, especialista en medicina deportiva y responsable del Programa de Medicina del Estilo de Vida de Cleveland Clinic, fortalecer los glúteos favorece la estabilidad cotidiana y puede contribuir a que los adultos mayores sufran menos caídas, una observación que conecta directamente con acciones tan simples como pararse de una silla sin ayuda, cruzar una calle apurado o levantarse del baño en plena madrugada sin tropezar con una alfombra.
Un circuito breve, pensado para sumar a la caminata
En esa línea, el entrenador Álvaro Puche propone algo que, por su modestia, suele generar desconfianza en los pacientes que esperan sesiones largas: complementar las caminatas con un circuito breve de resistencia de apenas tres o cuatro minutos, repetido tres veces por semana. La idea es sencilla y concreta, y consta de cuatro movimientos: ponerse de pie desde una silla sin ayudarse con las manos, elevar los talones para trabajar los gemelos, realizar remos —el ejercicio de tirar hacia el cuerpo como si fueran los músculos de la espalda— mediante una banda elástica y hacer flexiones inclinadas contra un apoyo elevado que sea estable y no resbale.
“La ejecución necesita adaptarse a cada situación: la altura del asiento, los apoyos, el recorrido y la carga pueden cambiar según las posibilidades de quien entrena, porque la técnica y la seguridad tienen prioridad sobre la rapidez o las repeticiones.”Alvaro Puche, entrenador
Ese punto resulta clave para los lectores que arrastran años sin pisar un gimnasio: no se trata de replicar el esquema de un joven de treinta, sino de encontrar, en cada uno de los cuatro movimientos, una versión que el cuerpo pueda sostener sin dolor y sin riesgo. Quienes quieran profundizar pueden acercarse a los centros de salud de su barrio —en la Ciudad de Buenos Aires funcionan los CeSACs con atención gratuita— o consultar en los clubes y polideportivos municipales que ofrecen, generalmente de lunes a viernes entre las 8 y las 20, programas específicos para adultos mayores supervisados por profesores de educación física.
Burstyn, por lo demás, no descubrió la actividad física en su vejez: comenzó a cambiar sus costumbres cerca de los 40 años, mantiene una alimentación vegetariana y abandonó tanto el alcohol como el cigarrillo, mientras sigue trabajando, lee, recibe visitas y asiste a conciertos, una enumeración que recuerda que el movimiento no es un fin en sí mismo, sino una pieza más dentro de una vida cotidiana hecha de vínculos, lecturas y proyectos. Para mí, como cronista, ésa es la enseñanza más humana de su rutina: que cuidar el cuerpo a los 93 no significa aislarse del mundo, sino encontrar la manera de seguir habitándolo.
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