Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa en la vida adulta
Un malestar que aparece de golpe, después de años tomando lácteos sin problemas, puede debadir en una menor producción de la enzima que digiere el azúcar de la leche. Claves para identificarlo, diferenciarlo de una alergia y acomodar la alimentación sin perder nutrientes.

La escena se repite en una sala de espera cualquiera de Buenos Aires: una mujer de unos cuarenta y tantos se acomoda en la silla, se lleva la mano al abdomen y le dice a quien la acompaña, casi como disculpándose, que otra vez le cayó mal un vaso de leche. Hasta hace unos años no le pasaba. Tomaba café con leche a la mañana, un quesito a la tarde, un helado los domingos, y nunca pasaba nada. De un tiempo a esta parte, en cambio, el cuento cambió: hinchazón, gases, dolor de panza y, en los días peores, una diarrea que la obliga a calcular dónde hay un baño. La escena no es rara, ni mucho menos. Detrás de esa molestia cotidiana suele haber un cuadro tan común como poco hablado: la intolerancia a la lactosa en la edad adulta.
La lactosa es el azúcar natural de la leche. Para que el cuerpo pueda absorberla, el intestino delgado produce una enzima llamada lactasa, que se encarga de dividirla en dos azúcares más simples. Durante la infancia la producción de esa enzima suele ser alta, porque la leche es el alimento principal. Con el paso de los años, en una parte importante de la población, esa fabricación empieza a bajar de manera gradual. Cuando la lactasa no alcanza, una porción de la lactosa sigue su camino sin digerir hasta el intestino grueso (la parte final del tubo digestivo), donde las bacterias la fermentan. De ahí vienen los gases, la hinchazón y los cólicos. Y como además la lactosa que queda sin absorber atrae agua, se explica la diarrea que muchos asocian, sin saberlo, con un simple vaso de leche.
A quiénes les toca y por qué
Las molestias suelen hacerse notar entre los veinte y los treinta años, aunque en algunos casos aparecen más tarde. La herencia genética pesa mucho. La condición es más frecuente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y bastante menos común en poblaciones del norte de Europa, donde la tradición de criar animales lecheros y consumir sus derivados se sostiene desde hace muchos siglos. Esa diferencia no es un capricho de la biología: se fue moldeando a lo largo de generaciones, según cada grupo tuviera o no acceso cotidiano a la leche y a sus derivados.
Cómo se reconoce y en qué se diferencia de una alergia
- Hinchazón abdominal, dolor, gases y ruidos intestinales pocas horas después de tomar leche o comer helado.
- Heces blandas o diarrea, sobre todo cuando se consumen cantidades mayores a las que cada uno tolera.
- Malestar que aparece incluso con porciones chicas en algunas personas, mientras que otras solo reaccionan ante volúmenes grandes.
- Una historia de años sin síntomas seguida de un cambio reciente, que es el patrón más típico en adultos.
Aunque se suelen usar como sinónimos, la intolerancia a la lactosa y la alergia a la leche no son lo mismo. La alergia involucra al sistema inmunitario reaccionando contra las proteínas de la leche, y puede dar urticaria, vómitos, eccema o dificultad para respirar; suele presentarse en la infancia. La intolerancia, en cambio, es un problema de digestión incompleta: el sistema inmunitario no entra en juego, y por eso las manifestaciones son básicamente digestivas.
Cómo se confirma y qué se puede hacer
Para confirmar el cuadro existe la prueba de hidrógeno espirado: la persona toma una dosis de lactosa y sopla en un aparato cada cierto tiempo, durante unas cuatro horas. Si el hidrógeno en el aire que exhala sube de manera marcada, es señal de que las bacterias del intestino grueso fermentaron lactosa que no se absorbió. Pero no siempre hace falta llegar a ese estudio. Muchas veces alcanza con retirar los lácteos por un par de semanas y ver si los síntomas se van calmando; si reaparecen al volver a incorporarlos, el cuadro queda bastante claro. La confirmación definitiva, de todos modos, la tiene que dar un profesional.
Si las molestias no aflojan después de dos semanas sin lácteos, o si reaparecen igual, el paso siguiente es consultar a un gastroenterólogo, que es el especialista en aparato digestivo. En la ciudad de Buenos Aires se puede pedir turno en los hospitales públicos como el Hospital de Gastroenterología Carlos Bonorino Udaondo, en la calle Caseros, de lunes a viernes de 8 a 12, donde la atención es gratuita y por orden de llegada para la primera consulta. También en los centros de salud y hospitales generales de cada provincia, donde el equipo de nutrición puede acompañar el ajuste de la alimentación. La idea no es dejar la leche de un día para el otro sin más, sino encontrar, con ayuda profesional, la cantidad y el tipo de lácteo que cada cuerpo tolera, para no resignar calcio ni nutrientes sin necesidad.
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