El Coyote vuelve al ruedo con juicio, golpes y a Will Forte como socio de ruta
La película combina animación con actores reales, recupera el humor físico de los Looney Tunes y lo cruza con el cine de tribunales en una historia que pone a prueba la paciencia infinita de su protagonista.

Lo primero que escuché al sentarme en la sala fue algo así como el zumbido metálico de un resorte por destrabarse, ese ruidito que durante décadas anticipó que el Coyote estaba a punto de comerse su propia trampa. Y también un olor raro, mezcla de pochoclo recalentado y pochoclo recién hecho, como si la sala entera respirara con la expectativa de quién se va a llevar un mamporro esta vez. Porque de eso se trata Coyote vs. Acme, la película que vuelve a poner al perseguidor más gloriosamente derrotado de los dibujos animados en el centro de la escena, esta vez con la compañía inesperada de un personaje humano al que Will Forte le imprime su cara de tipo agotado por la vida pero todavía con ganas de pelearla.
El film pasa los noventa minutos y se anima a algo que los cortos originales nunca tuvieron que soportar: la duración. Ahí está, a mi entender, la apuesta más arriesgada del proyecto. Porque durante años vimos al Coyote armar un plan, fracasar de manera estrepitosa y volver a empezar en tres minutos cronometrados. Ahora ese loop se estira, respira, se mezcla con una historia de tribunales y, sobre todo, se cruza con un personaje de carne y hueso que responde a reglas completamente distintas. Y sin embargo, como me pasó a mí cuando vi la primera escena compartida entre ambos, algo termina haciendo clic: los dos cargan con conflictos que, traducidos a distintos idiomas, se parecen bastante.
Una fórmula que vuelve a probarse
Para el que no haya tenido la paciencia de maratonear cortos de Bugs y compañía en la tele del living, vale la pena refrescar la lógica de base. El Coyote quiere atrapar al Correcaminos, diseña una estrategia, invoca artefactos cada vez más ridículos, y termina estampado contra el fondo del desierto. Así, una y otra vez, sin perder el entusiasmo. Es un personaje construido alrededor de la perseverancia vista desde su costado más cómico, casi filosófico si uno se pone solemne: nunca gana, pero tampoco se rinde.
Lo que hace esta película, y acá está lo interesante, es tomar ese motor y darle cuerda en un formato de largo. Las caídas, los golpes y los momentos donde las leyes de la física parecen pedir disculpas antes de jubilarse se mantienen intactos, porque sería una herejía animarse a cambiarlos. Lo que se suma es una búsqueda de justicia, un hilo de cine de juicios que le da al Coyote algo que en los cortos originales ni siquiera estaba en el menú: un motivo para ir más allá de la próxima montaña de dinamita. El recorrido del personaje, entonces, se arma sobre dos carriles paralelos: el humor físico de siempre y una pequeña épica emocional.
Y en esa segunda vía aparece Forte, que se las arregla para no quedar aplastado por un personaje animado con más de medio siglo de recorrido encima. Su composición, por lo que se ve en pantalla, es la de alguien que llegó hasta el final del día, vio que todavía quedaban cosas por resolver y, en vez de tirarse a dormir, se acomodó los anteojos y fue a pelear. El vínculo entre los dos protagonistas crece a partir de esa lógica compartida: reglas distintas, problemas parecidos.
Hibridación con antecedentes
- Space Jam fue la primera gran operación de este tipo: los Looney Tunes al servicio del conflicto personal de una estrella real, en aquel caso Michael Jordan, con el básquet como excusa y el caos garantizado.
- Looney Tunes: De nuevo en acción repitió la fórmula años después, sumándole capas de parodia y un metarrelato sobre la propia franquicia animada.
- Coyote vs. Acme se inscribe en esa misma tradición, aunque corre el foco desde el lado humano hacia el lado del dibujo: el Coyote deja de ser un secundario del universo de Bugs para convertirse en protagonista pleno.
Yo confieso que en la butaca, mientras veía cómo se articulaba la historia entre los dos protagonistas, no pude evitar acordarme de una vieja zamba que cantaba mi abuela los domingos a la tarde, esa que decía que el que persevera, aunque se caiga mil veces, tiene más derecho al camino que el que nunca se animó a dar el primer paso. No es que la película cite a los chamameceros, ojo, pero algo de ese espíritu sobrevuela la pantalla. El Coyote, acá como en cualquier corto, encarna esa obstinación a fuerza de mocos, plumas y golpes contra el piso del cañón.
Coyote vs. Acme no reinventa al personaje ni lo pone a discutir con su legado, y está bien que así sea. Lo que hace es darle el espacio que durante décadas no tuvo: un metraje donde su insistencia puede leerse como algo más que un gag recurrente. La pregunta queda flotando en el aire a la salida del cine, y me la llevo puesta hasta el colectivo de vuelta a casa: qué otro personaje de los Looney Tunes merecería una operación parecida, una historia propia donde sus reglas internas dejen de ser decorado y pasen a ser el verdadero motor de la película. Si la respuesta es buena, tenemos tela para rato.
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