La chica de la aguja: el blanco y negro que expone las sombras de Copenhague después de la guerra
La película de Magnus von Horn, estrenada en 2024, rescata un caso criminal real de la Dinamarca de posguerra para preguntarse qué puede hacer una mujer cuando no le queda nada. Trine Dyrholm compone a Dagmar, la pieza clave de un relato donde la maternidad y la miseria se cruzan con el delito.

Lo primero que se siente al sentarse en la sala para ver La chica de la aguja no es el argumento ni la frialdad del blanco y negro: es el olor a humedad y a ropa mojada que parece colarse desde la pantalla, ese vapor espeso que se levanta en las ciudades de puerto cuando la noche cae sobre los muelles. Esa sensación de encierro, de aire que cuesta respirar, acompaña al espectador durante las dos horas que dura la película de Magnus von Horn, un director sueco que se radicó en Dinamarca y que volvió a competir en Cannes con esta historia, después de haberlo hecho con su ópera prima, el drama Aquí y ahora, que llegó a la Quincena de Realizadores en 2014. La nueva película, estrenada en 2024, reconstruye un caso criminal real ocurrido en Copenhague en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, y lo hace con una decisión estética fuerte: renunciar a cualquier tipo de color y rodar íntegramente en blanco y negro. La elección no es decorativa, sino que termina siendo casi un personaje más del film, porque marca las distancias sociales, la opacidad de los espacios y la dificultad que tienen sus protagonistas para ver con claridad el mundo en el que les tocó vivir.
Como me pasa cada vez que entro a una sala con un estreno de este tipo, la primera media hora la pasé acomodándome en la butaca, midiendo el tono de la película y dejando que los nombres y las caras fueran apareciendo. La protagonista es Karoline, una chica sueca interpretada por Vic Carmen Sonne, que llega a Copenhague en busca de un horizonte mejor y termina recalando en un taller donde cose banderas. Está embarazada, no tiene familia cercana y el dinero no le alcanza. En esa Copenhague de posguerra, con la economía destruida y la influenza española todavía fresca en la memoria, las mujeres solas con un hijo en la panza tenían muy pocas salidas: la fábrica, la calle o algún tipo de arreglo doméstico que siempre terminaba siendo peor. En ese contexto aparece Dagmar, a quien da vida Trine Dyrholm, una de las actrices más importantes del cine danés, conocida por papeles en El compromiso, La cacería y otras producciones que también miran de cerca los agujeros del modelo nórdico. Dagmar se presenta como una mujer de aspecto respetable, con oficina propia y una agenda llena de contactos, y le ofrece a Karoline una solución aparentemente piadosa: conseguir una familia para su bebé, gente con recursos que lo va a recibir como propio. A cambio, le pide un acuerdo, una firma, un paso que en la Copenhagen de los años veinte no era raro. Lo que Karoline todavía no sabe, y lo que el espectador va a descubrir de a poco, es que la oferta de Dagmar esconde un mecanismo mucho más oscuro, que tiene que ver con un caso criminal real que sacudió a la ciudad en esa época y que la película reconstruye con una paciencia notable.
Una de las cosas que más me llamó la atención de la sala fue cómo von Horn elige contar el horror: no apela al golpe bajo ni al primer plano subrayado, sino a la información que se va revelando de manera gradual, como si uno entrara a una pieza a oscuras y tuviera que ir reconociendo los muebles a tientas. Esa construcción hace que la relación entre Karoline y Dagmar, que arranca como un encuentro entre una víctima y una posible salvadora, vaya mutando a lo largo de los ciento dos minutos de metraje y se vaya tiñendo de sospecha. La confianza entre las dos mujeres queda atravesada por preguntas que el guion no se apura en responder: quién es realmente Dagmar, qué hace con los bebés que dice entregar en adopción, cuánto margen de elección tiene Karoline en un mundo que no le ofrece alternativas. La fotografía en blanco y negro, a cargo de Michał Dymek, refuerza esa sensación de encierro: los departamentos son chicos, las fábricas son oscuras, las calles están siempre filmadas como pasillos sin salida. No hay una postal turística de Copenhague ni un paneo que muestre la ciudad bonita; lo que se ve es una capital empobrecida, jerarquizada, donde el centro limpio queda lejos de los barrios donde viven los trabajadores.
Un caso real detrás de la ficción
La película se inspira en hechos que tuvieron lugar en la Copenhague de entreguerras, una etapa que en general queda afuera de los manuales escolares argentinos pero que fue clave para entender cómo se reacomodó Europa después de la Gran Guerra. Von Horn y su coguionista Line Langebek Knudsen investigaron el expediente judicial y los recortes de diario de la época, y armaron un guion que no pretende ser una reconstrucción exacta, sino una manera de pensar ese caso desde el presente. La maternidad como tema central aparece ligada a la falta de recursos: en una sociedad donde las mujeres de clase baja no tenían red de contención, la decisión de qué hacer con un hijo no deseado estaba cruzada por la presión económica, por la condena social y por figuras como la de Dagmar, que funcionaban como un mercado paralelo, a veces misericordioso y a veces criminal. Esa pregunta, la de cuánto margen de elección le queda a una persona cuando le faltan las condiciones mínimas, es la que sostiene al film de punta a punta, y la que lo separa de un policial clásico para acercarlo a un drama social con mayúsculas.
- Elenco central: Vic Carmen Sonne como Karoline y Trine Dyrholm como Dagmar, en los papeles que llevan el peso de la historia.
- Rodaje y estética: filmación en blanco y negro, locaciones en estudios de Praga que recrean la Copenhague de los años veinte, con una dirección de arte que apuesta a la austeridad.
- Recepción internacional: la película compitió por la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2024 y tuvo su paso por distintos certámenes europeos antes de su estreno comercial.
- Trabas para verla en la Argentina: como ocurre con varias cintas de origen europeo, su disponibilidad depende de los ciclos de cine, las plataformas y los festivales que la programen en el país.
Como espectadora, y también como alguien que escribe seguido sobre películas, lo que más me llevo de La chica de la aguja no es el caso criminal en sí, que de por sí ya es perturbador, sino la decisión de contar ese caso sin estridencias, dejando que la imagen hable y que la información vaya cayendo de a poco sobre el espectador. Hay una escena, que no voy a spoilear pero que quienes la hayan visto van a reconocer, donde el sonido de la sala se corta de golpe y queda apenas un zumbido, y en ese momento se entiende para qué sirve el blanco y negro, que parece frío y distante pero que termina siendo la manera más justa de mostrar un mundo donde las distancias entre las personas eran también distancias de clase, de género y de supervivencia. Si la película llega a su ciudad, vale la pena sentarse a verla con tiempo, sin mirar el celular, dejándose llevar por esa Copenhague sucia y gris que en realidad se parece bastante a cualquier ciudad europea de posguerra, y también, si uno se pone a pensarlo, a muchas ciudades de acá. ¿Qué lugar le damos, en nuestras opciones para ver, a estos dramas basados en hechos reales que no ofrecen respuestas fáciles y que, justamente por eso, incomodan?
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