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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Voces del Impenetrable

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La última vez de Die Toten Hosen en Buenos Aires: una noche de punk, chamamé y despedidas

El quinteto alemán cerró su gira despedida por la Argentina con un show de más de dos horas en el Movistar Arena, repasó tres décadas de vínculo con el público local y subió al escenario a figuras del punk porteño como Ciro Pertussi, Luciano Scaglione, Sergio Gramática y Mosca Velázquez. Crónica desde Villa Crespo.

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Milagros ParedesCultura y espectáculos · · 5 min de lectura
La última vez de Die Toten Hosen en Buenos Aires: una noche de punk, chamamé y despedidas

El olor a cerveza tibia y a pochoclo rancio me llegó de golpe cuando me acomodé en la butaca del Movistar Arena, esa mezcla inconfundible de los recitales porteños que ya forma parte del ritual tanto como la entrada en sí. Era sábado a la noche y la explanada de Villa Crespo hervía de camperas de cuero, pelos parados y gorras con parches de bandas que muchas veces habían nacido mirando a estos mismos cinco tipos del escenario. Die Toten Hosen volvía a la Argentina por última vez, al menos por ahora, y el barrio entero lo sabía.

Una historia que arrancó en 1992, en un boliche de San Telmo

Yo no los vi aquella primera vez, porque tenía otros planes y otras prioridades, pero la leyenda cuenta que Die Toten Hosen desembarcó por primera vez acá en 1992, en la discoteca Halley, compartiendo fecha con Pilsen, el grupo que Enrique Chalar, Pil para los amigos, armó después de la separación de Los Violadores. Desde entonces fueron pasando los años y las visitas: más de quince, calculan los que llevan la cuenta, entre las que se recuerdan una fecha compartida con Iggy Pop y los Ramones en 1996 y una tocada en pleno San Telmo en 2015, con el asfalto todavía húmedito de lluvia y la gente asomada desde los balcones.

Por eso cuando el quinteto salió al escenario del Movistar Arena, no arrancó con un show sino con una declaración de amor: treinta y tres canciones, casi dos horas de música, dos bises y un recorrido que funcionó como un mapa de todo lo que tejieron con el público argentino en casi treinta y cinco años de relación. Sonaron himnos como Donde las águilas se atreven, 1,2 ultraviolento, Represión y Ya no sos igual, que en esta orilla se cantan con la misma devoción que en Düsseldorf. Y hubo lugar también para Bonnie & Clyde, para Hier Kommt Alex, para Reisefieber, rescatada del álbum debut como un guiño a los más veteranos, y hasta para una versión de Should I Stay or Should I Go que funcionó como puente entre dos tradiciones punk. El cierre, claro, llegó con You'll Never Walk Alone, ese himno que ya no le pertenece a nadie y le pertenece a todos al mismo tiempo.

Los invitados, una genealogía del punk porteño

Pero la noche no se entiende sin los argentinos que subieron al escenario, porque la gira fue también un abrazo entre generaciones. Ciro Pertussi y Luciano Scaglione, de Attaque 77, compartieron micrófono con los alemanes en una de las imágenes más celebradas, y lo mismo hicieron Sergio Gramática, histórico cantante de Los Violadores, y Mosca Velázquez, líder de 2', que recorrió el escenario de la mano de Dave Campino durante uno de los temas. Hubo un momento, no voy a decir cuál porque cada uno lo vivió a su manera, en el que sentí que estaba viendo un relevo: los pibes de los ochenta mirando a los pibes de los noventa, y todos juntos mirando a los pibes de Düsseldorf, como si el tiempo se hubiera hecho un bollito en Villa Crespo.

Mientras los alemanes despachaban sus versos en alemán y en inglés, yo no podía dejar de pensar en una cosa muy nuestra, muy de acá: en los shows de los Redondos en la Ex-Esma, en las primeras fechas de los Divididos en el Estadio Obras, en esa tradición de recitales que son un poco concierto y un poco acto de fe. Die Toten Hollen, perdón, Die Toten Hosen, supieron ocupar ese lugar con naturalidad, con la misma lógica con la que un chamamé de Mario Millán o de Antonio Ramírez teje redes invisibles entre las personas: un sonido que te lleva puesto, que te obliga a moverte, que te identifica. Aunque la traducción literal sea algo así como Los Pantalones Muertos, el grupo nunca murió acá: cada vez que volvió, el público lo esperaba como se espera a un amigo que sabe volver.

Tres ciudades, todas agotadas, y un futuro incierto

La gira despedida incluyó paradas previas en Tandil y Rosario, con localidades agotadas en las tres ciudades, un detalle que habla del arraigo real que tiene la banda en distintos puntos del país y no sólo en la capital. La comparación con otros monstruos extranjeros que se ganaron un lugar propio en la escena local, como los Rolling Stones, Guns N' Roses o los propios Ramones, no es caprichosa: es el reconocimiento de un público que los adoptó y los hizo propios a fuerza de cantarlos en alemán mal aprendido y en español desafinado. La banda, por ahora, no anunció fechas futuras en la Argentina, lo cual le puso a la noche ese sabor agridulce que tienen todas las despedidas, incluso las que uno sospecha que pueden no ser definitivas.

Salí del Movistar Arena con el zumbido de los parlantes todavía metido en la cabeza y una certeza que me llevo a la casa: en un país donde la música muchas veces se vive como una declaración política, ver a cinco tipos extranjeros de más de sesenta años bajar del escenario con la sonrisa cansada de quienes saben que hicieron bien su trabajo, y ver al público argentino devolverles ese cansancio con aplausos, con cantos y con la promesa tácita de seguir escuchándolos en los próximos treinta años, es de esas cosas que confirman que la música, cuando funciona, no necesita traducción. Ni pasaporte. Ni visa. Ni chamamé, aunque a veces lo parezca.

“Acá la despedida no fue un final: fue una forma de decir gracias en tres idiomas distintos, con la misma música, y de prometer que la historia sigue aunque hoy no haya fecha.”Milagros Paredes, Cultura y espectáculos
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Milagros ParedesCultura y espectáculos

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