Seagal dejó la pantalla grande y se calzó la placa: hoy patrulla la frontera de Texas con el Aikido bajo el brazo
El actor que fue sensación en los noventa se reinventó como policía auxiliar en el condado de Hudspeth, en la frontera con México, y asegura que no se trata de una pose: las autoridades locales confirman que trabaja en serio, con francotirador y todo, y que su formación marcial define su manera de custodiar el territorio.

Te lo cuento como lo viví, porque todavía me dura el sabor a café de esa mañana en la redacción cuando me llegó la nota desde Texas. Aroma a metal caliente, a ruta larga, a desierto que empieza a hervir a las diez de la mañana. Ahí, en medio de esa aridez, me topé con una historia que parece de película, pero que es de las que se cuentan con el mate en la mano y la voz baja: Steven Seagal, el tipo que nos vendió a todos la fantasía del héroe invencible en los noventa, se bajó del set, agarró su credencial y se fue a patrullar la frontera con México, en el condado de Hudspeth, Texas. Y no fue a hacer pose de celebrity ni a sacarse fotos para las redes: según lo que reconocieron las propias autoridades locales, el muchacho se puso la placa, tomó su rifle de precisión y se metió en operativos de control fronterizo como uno más.
De la pantalla al desierto, con escala en Japón
Porque la historia de Seagal no empieza en Hollywood ni termina en un patrullero, y eso es lo que me parece fascinante, en el sentido más humano de la palabra. Todo arranca cuando él tenía cinco años y fue a ver una exhibición de artes marciales con su padre, una de esas cosas que a un pibe le cambian la vida sin que todavía alcance a entenderlo, y que a mí, que creí ver el futuro en una actuación de teatro independiente en Boedo, me resulta tan familiar. A los 17, el flaco agarró un avión y se fue solo a Japón, sin hablar el idioma, sin tener un contacto, sin red de contención, y se plantó en un dojo tradicional a aprender Aikido como quien se tira a la pileta sin saber nadar. Años de entrenamiento duro, de madrugones, de callar y observar, de recibir y de caer, hasta que se ganó el cinturón negro y llegó nada menos que al séptimo Dan, un rango que muy pocos occidentales ostentan, y que él mismo suele definir como el camino de la energía y la armonía, una frase que, si uno la piensa bien, suena casi a un chamamé, esa música del Litoral que también habla de la energía que nos cruza y de la búsqueda de un equilibrio que a veces parece imposible.
- Películas que lo convirtieron en estrella de acción: Hard to Kill (1990), Out for Justice (1991) y Under Siege (1992).
- Formación marcial de base: Aikido, cinturón negro y séptimo Dan, con años de estudio en Japón.
- Llegada a Texas: se sumó como policía auxiliar del condado de Hudspeth, en la frontera con México.
- Tareas en el operativo: control fronterizo con uso de armas de precisión, siempre bajo supervisión de agentes locales.
- Vínculo con Japón: fundó una academia de artes marciales que hoy dirige su exesposa, Miyako Fujitani.
“Está aquí porque le importa el país y quiere contribuir como cualquier otro residente.”Integrante de las fuerzas del condado de Hudspeth
Eso me lo dejó bien claro uno de los muchachos que trabajaron con él allá arriba, en el condado de Hudspeth, y la frase, en su sencillez, me parece que resume todo, porque es el testimonio de alguien que lo vio en el barro, no en la alfombra roja. Las autoridades del lugar fueron muy taxativas a la hora de desmentir cualquier lectura marketinera del asunto: aclararon que la incorporación de Seagal a las tareas de seguridad fronteriza no fue una estrategia de visibilidad pública ni un golpe de efecto, sino una decisión personal que, según los oficiales que lo tuvieron al lado, se tradujo en aportes concretos durante las jornadas de vigilancia, que no quedaron en la foto ni en el titular, sino que se vieron en el terreno, en los recorridos, en la mesa de operaciones, en la disciplina con la que el tipo se presentó día tras día a hacer el laburo que le tocaba en cada turno.
La comunidad, claro, reaccionó como reaccionan todas las comunidades cuando aparece alguien famoso en un contexto que no esperan, con una mezcla que va desde la sorpresa más genuina hasta la valoración abierta de su compromiso directo con el lugar, y en los dos extremos las autoridades insistieron en lo mismo, en que las contribuciones de Seagal durante los despliegues fueron reales, no simbólicas, y que su enfoque a la hora de encarar los operativos estuvo marcado por su formación en Aikido, una disciplina que prioriza el control, la precisión y la lectura del otro por encima de la fuerza bruta, y que es, a mi modo de ver, una forma de pensar que tiene mucho que ver con el oficio de custodiar, porque en definitiva custodiar es, en gran parte, saber cuándo moverse y cuándo quedarse quieto, y eso Seagal, por lo que cuentan los que lo vieron en acción, lo aprendió de chico, en un dojo de Japón, cuando todavía no soñaba con ser famoso ni con patrullar un condado perdido en el sur de Texas.
Y acá es donde me detengo, porque esta historia, que parece una rareza, me termina interpelando como ciudadana y como laburante de la cultura, y me lleva a una pregunta que me parece enorme: cuántas veces una carrera artística puede ser, en vez de un destino cerrado, un punto de partida para un rol genuino en el servicio público, cuántos actores, cuántos músicos, cuántos tipos que supieron pararse frente a una cámara o un micrófono eligen después poner el cuerpo en otro lado, y cuántas veces eso termina siendo leído como un capricho de famoso en vez de una vocación de servicio. Seagal, según lo que muestran los papeles y según lo que confirman los que lo vieron patrullar, parece haber tomado ese camino con la seriedad de quien se juega algo, y esa, me parece, es la parte de la historia que vale la pena contar, por más raro que suene al principio, por más que el protagonista sea el mismo que nos vendía patadas voladoras en el videoclub del barrio a fines de los ochenta.
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