Travis Knight vuelve al barro del stop motion y se planta contra la inteligencia artificial: "Carece de humanidad"
El director de Laika presentó Wildwood, la película más ambiciosa del estudio, y de paso marcó la cancha frente al avance de la IA en la animación. Una defensa a ultranza del oficio artesanal, del cuadro por cuadro y de las marcas que dejan los dedos en cada fotograma.

Lo primero que uno siente al entrar a una función de preestreno de una película de Laika no es el sonido envolvente ni la música, sino un olor particular, ese aroma a pegamento, a pintura fresca y a madera lijada que parece escaparse de la pantalla. Es el perfume del stop motion, de los decorados construidos a mano, de los muñecos que respiran porque alguien les sopló vida cuadro por cuadro. Y fue justo ahí, en esa lógica de taller antiguo, donde Travis Knight decidió plantarse de nuevo frente al mundo para defender lo suyo y, de paso, para cruzar a la inteligencia artificial con una frase que resonó: "Carece de humanidad".
Tengo 52 años, soy de Paraná, y cada vez que me cruzo con un estreno de animación pienso en las tardes en la casa de mi vieja, cuando el único ruido era el del VHS tragando la cinta y en la tele aparecían esos mundos que sabían hechos a pulso. Por eso, mientras leía las declaraciones de Knight sobre Wildwood, me volví a sentir como aquella nena fascinada por la artesanía del cine. Es que el director, que debutó con Kubo y las dos cuerdas mágicas —aquella película que le valió una nominación al Oscar y lo puso en el mapa de la animación contemporánea—, no eligió un tema cualquiera para su regreso al stop motion. Eligió hablar de lo que más le duele: la diferencia entre una imagen que lleva un alma adentro y una imagen que sale de un servidor.
Un regreso a Laika después de la acción real
Knight no es un purista encerrado en su laboratorio de marionetas. Antes de volver al barro del stop motion se mandó dos largometrajes de acción real: Bumblebee, el spin off de Transformers, y el proyecto de He-Man y los Masters del Universo. Pero ahora regresa a Laika —el estudio que dirige y donde su padre, Will Vinton, dejó una huella enorme— con Wildwood, una película de 140 minutos filmada íntegramente a mano, fotograma a fotograma, y que el propio estudio se animó a describir como "lo más difícil" que hicieron en toda su historia.
“La IA es realmente contraria a todo lo que defendemos en Laika, porque en Laika, en el centro de todo lo que hacemos, está el artista.”Travis Knight
La frase no es un capricho ni una boutade de marketing. Knight la pronunció en el marco de la promoción del filme, que se estrena el 23 de octubre, y lo hizo con una honestidad que pocas veces se escucha en la industria. Reconoció, sí, que la inteligencia artificial es una "tecnología asombrosa", y no quedó en el lugar del que la condena desde la ignorancia. Pero dejó claro que le falta lo único que a él, como artista, le importa: el alma. Y acá aparece la distinción conceptual que el director quiso marcar, porque no se trata solo de una discusión técnica sobre qué programa genera mejores imágenes, sino de una pregunta de fondo sobre qué es arte y qué no lo es.
- El stop motion exhibe sus marcas humanas: la imperfección, el tiempo invertido, el temblor del dedo sobre la mesa de animación.
- La IA produce imágenes sin ese rastro, sin la huella del oficio.
- Para Knight, esa ausencia de marca humana es lo que define si una obra puede considerarse arte.
- En Laika, el artista ocupa el centro de todo el proceso creativo.
- La tecnología es bienvenida como herramienta, pero no como reemplazo del oficio.
El stop motion como gesto político
Hay algo casi militante en esta defensa. Wildwood llega en un momento en que la animación generada por inteligencia artificial avanza sobre estudios, publicidades y hasta procesos de preproducción, y Knight eligió poner el cuerpo, literalmente, del lado de los que todavía se ensucian las manos. El tráiler que ya circula muestra una factura visual que no se puede replicar con un prompt: cada fotograma fue construido físicamente antes de ser capturado, y eso se nota en la textura, en la profundidad de campo, en esa manera que tiene el stop motion de recordarnos que alguien, en algún taller, pasó horas armando un decorado para que existiera durante una fracción de segundo.
Y acá, con permiso del chamamé que me quedó sonando desde que empecé a escribir —porque hay un verso de Ramón Ayala que dice más o menos así, "el que es auténtico no se copia, tiene su propio sentir", y me parece que le cabe perfecto a esta discusión—, lo que Knight está planteando es una defensa de la autenticidad. No contra la tecnología en sí, que incluso Laika usa en algunas etapas de postproducción, sino contra la idea de que una imagen puede prescindir del artista que la piensa. Contar historias, insistió, consiste precisamente en "imbuir de alma lo que haces", y ahí, en ese imbuir, está la línea que separa al artesano del algoritmo.
Volviendo a mi lugar en la sala, con esa mezcla de olor a pegamento y de emoción vieja que me sigue agarrando cada vez que el cine se acuerda de que está hecho por personas, me queda una pregunta que va más allá de Wildwood y de Laika: en plena expansión de la inteligencia artificial, ¿cambia la forma en que el público valora una película de animación cuando sabe que cada cuadro fue tocado por una mano humana? Knight, claramente, apuesta a que sí. Y el 23 de octubre, cuando la película llegue a las salas, vamos a tener la chance de responderle con la butaca llena o vacía.
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